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El escritor burundés Gael Faye presentó Pequeño País, en la Feria del Libro

Faye se presentará mañana en el MALBA.

El país de la infancia regresa como una obsesión para el escritor y rapero Gaël Faye. Aunque sólo queden fantasmas, un montón de ruinas y la sensación de que ese territorio es una fosa común a cielo abierto. “El genocidio es una marea negra: quienes no se ahogan van cubiertos de petróleo toda la vida”, dice Gabriel, el protagonista de Pequeño país (Salamandra), hijo de una ruandesa tutsi y un empresario francés instalado en Buyumbura, la antigua capital de Burundi y la ciudad más poblada del país, el mismo lugar en el mundo donde nació Faye en 1982 y de donde tuvo que huir por la guerra civil burundesa y el genocidio tutsi de Ruanda. La novela, que se presentó ayer en la 45° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, ganó el Prix du Roman FNAC y el premio Goncourt des Lycéens, y los derechos de traducción se han vendido a 29 idiomas.

“Tú, Gabriel, eres un auténtico tutsi, nunca se sabe lo que piensa”, le dice su padre que le explica que la diferencia entre los hutus y los tutsis por la nariz: los primeros la tienen ancha, la de los tutsis es más fina. En Pequeño país, cuando Gabriel tiene treinta tres años vuelve a su país natal para rememorar las aventuras de una infancia feliz en la que podía robar mangos, fumar a escondidas o descubrir la lectura gracias a una vecina extravagante, la señora Econompoulos, esa mujer que proclamaba que los libros pueden cambiar la vida “como un flechazo”. Faye –que publicó un álbum con el grupo Milk Coffee & Sugar en 2009 y se atrevió como solista en 2013 con Pili Pili sur un croissant au beurre– firmará hoy ejemplares de su libro en el Ateneo Gran Splendid y se presentará mañana a las 19 en el Malba. Faye dice que su novela es como el “diario íntimo” de alguien que se hace lector y escritor. “La literatura es una vía de escape de la realidad”, dice en la entrevista con PáginaI12.

–¿Existió esa señora griega Economopoulos, que inició a Gabriel en la lectura y le dejó como herencia una biblioteca?

–En mi vida hubo muchas señoras Economopulos: profesoras de francés en la escuela y otras personas que me han puesto en las manos libros que me han cambiado la cultura. La señora Economopulos es un personaje que simboliza la transmisión. Tener una biblioteca personal en Burundi era un lujo porque no había librerías ni bibliotecas. Hoy esto ha empeorado porque el país está embargado y  vive bajo una dictadura. Espero que haya jóvenes que puedan soportar esa vida cotidiana a través de la escritura. Falta en esa región de los “Grandes Lagos” de Africa gente que pueda contar su historia con sus propias palabras.

–Aparece con fuerza una “doble discriminación” que sufre Gabriel, que es tutsi e hijo de un francés. Gabriel no entiende por qué su madre acusa a los franceses de ser los asesinos de su familia. ¿Cómo creés que es posible comprender el mundo cuando sos doblemente discriminado?

–Yo creo que es el drama de las personas que somos mestizas. Lo que es difícil para Gabriel es que sus identidades son asesinas, como dice el escritor Amin Maalouf. La dificultad para el personaje es que frente a estas identidades asesinas está confrontando con el silencio de los adultos que no le hablan. Ser mestizo es poder fundir todas las identidades en una sola, pero es el trabajo de toda una vida. Si esperamos que los otros nos legitimen, somos siempre alguien de otro. En cambio el mestizo es alguien que habla por sí mismo.

–En un momento se dice que hay cosas que es mejor no ver. Y se podría decir que Yvvone, la madre de Gabriel, quizá vio demasiado y eso la “enloquece”.

–Evito decir que la madre está loca, pero sí está habitada por lo que ha vivido. Esa es una constante en todos los sobrevivientes, por una parte está la vida que viven día a día y por otra están varados en la temporalidad del genocidio. La dificultad de la sociedad es que toma a ese sobreviviente como un ser perdido en una vida que ya no comprende. Si Yvvone regresara de Ruanda como era la del principio de la novela, esa Yvvonne bella con el deseo del exilio y ese gusto por París, ahí diría que está loca porque la normalidad para alguien así es estar traumatizado y no que todo continúe como si no hubiera pasado nada.

–¿Cuándo comenzaste a escribir canciones?

–A la misma edad que Gabriel empieza a leer yo empiezo a escribir en Burundi, durante la guerra, tenía 12 o 13 años. En mi casa en Buyumbura no había libros. Cuando llegué al liceo en Francia, a los 15 años, me dijeron que había un taller de escritura y yo fui. Pero no era de escritura, sino de rap. Y fue así cómo mis poemas se transformaron en canciones. El taller de rap me permitió conocer a jóvenes de mi edad, porque cuando escribimos poemas somos vistos como los nerds de la clase.

–¿Cómo fue pasar de la escritura de poesía y canciones a la novela?

–Cuando pasé de la poesía y la canción a la novela no estaba más el marco de la rima y el ritmo. Tenía la tendencia a sobrescribir. En una canción cada palabra tiene importancia en la sonoridad, en el ritmo. Pero eso es imposible en la novela porque si lo intentás se vuelve indigesta. La novela me permitió escribir con más libertad.

Silvina Friera/Página 12

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