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El Discípulo, la notable película india disponible en Netflix

Ganadora del mejor guión en Venecia, fue escrita y dirigida por Chaitanya Tamhane.

El segundo largometraje del realizador indio Chaitanya Tamhane confirma el talento que había demostrado con creces en La acusación (2014) –estrenada en Argentina luego de ganar como Mejor Película en el Bafici y también disponible en Netflix– y su particular abordaje a estructuras narrativas que podrían definirse como tradicionales: el film de juicio en el caso de la ópera prima, el relato de artistas enfrentados a momentos conflictivos de su vida en el de El discípulo. Merecedora del premio al mejor guion en el Festival de Venecia, la película echa raíces en la tradición más autoral de su país y, en más de un sentido, es descendiente de títulos como La habitación de música, la obra maestra de Satyajit Ray sobre un melómano amante de la música clásica, además de representante de una clase social en extinción.

Aquí el personaje central está del otro lado del mostrador. Sharad (Aditya Modak, músico y cantante en la vida real, en su primer papel cinematográfico) es un joven practicante del khayal, una de las ramas de la música clásica india originada en el norte del subcontinente. Otro universo que, a comienzos del siglo XXI, parece estar a punto de desaparecer. O, si se desea ser menos extremista, relegado a un nicho cultural cada vez más reducido. Sharad creció rodeado de música, y tanto su padre como su actual gurú fueron estudiantes de una mítica cantante ya fallecida llamada Maai. Una excelsa vocalista que, según reza la legenda, nunca quiso ser registrada en vivo y cuya ética artística estaba vinculada a los más estrictos y excelsos valores espirituales (y anticomerciales). La historia presenta al protagonista excluyente en 2008: un Sharad veinteañero obsesionado con mejorar sus cualidades para el canto de los diferentes ragas. Pero luego del primero en una serie de flashbacks a la infancia una duda comienza a aguijonear su mente: ¿será su futuro similar al de su padre, practicante menor de un arte para el cual nunca tuvo el suficiente talento para brillar?

El discípulo no sólo viaja al pasado sino también hacia el futuro, desperdigando en el camino varias secuencias en cámara lenta que puntúan el relato como si fuera un leitmovit: mientras Sharad pasea en moto por las calles de Mumbai, la voz de Maai en una vieja grabación dicta las máximas para llegar al grado sumo de la virtud musical, acompañada por el pulsante sonido de la tanpura. “Si quieren ganar dinero o formar una familia, dedíquense a las canciones de amor o a la música para el cine”. En cierto momento, casi expresionista, Maai parece hablarle directamente a él, una de las dos instancias de quiebre más importantes de la película. La otra llegará luego de la marca de los noventa minutos, durante una conversación con un sarcástico coleccionista y crítico musical, punto de inflexión que hará que todo lo visto y oído en el film adquiera una nueva dimensión, tanto para el protagonista como para el espectador.

Tamhane deja que la cámara adopte un punto de vista engañosamente pasivo durante las secuencias musicales, y las performances se desarrollan de principio a fin. El desconocedor de la música clásica de la India tendrá así, al final de las dos horas, una idea cabal de sus formas y virtudes básicas. Entonces, ¿es la idea de pureza artística un ideal inalcanzable, una suerte de nirvana o una cárcel personal? Si Sharad lucha infructuosamente por alcanzar ese ascetismo que la práctica musical le demanda, tampoco se deja vencer por lo que entiende como conformismo, graficado por un exitoso concurso de canto televisivo y ese alumno que le pide permiso para integrar una banda que fusiona el khayal con formas musicales modernas. Con paciencia y una atención al detalle que roza lo milimétrico, El discípulo transmite los complejos conflictos de su protagonista de forma transparente y logra que su temática culturalmente extraña para el no iniciado se transforme en una fábula universal y una experiencia enriquecedora.

Diego Brodersen/Página 12

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