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El director italiano Stéfano Poda quedó anclado en Buenos Aires

Estaba a cargo de poner en escena a Nabucco, que tenía fecha de estreno el 17 de Marzo.

Al verlo parado en el centro del más inmenso que nunca escenario del Teatro Colón, algún fan del heavy metal algo trasnochado podría creer que está frente a la reencarnación del mismísimo Ronnie James Dio. Pero no. El hombre de pelo largo y ojos claros que da algunas indicaciones en medio de la monumental estructura que enmarca la escena es Stéfano Poda, responsable de la puesta de la versión de Nabucco, que debió haber inaugurado la temporada lírica del primer coliseo argentino el pasado 17 de marzo, a la cual la pandemia de coronavirus dejó en un compás de espera hasta nuevo aviso.

Pero a esta hora, mientras Poda invita a conversar en su camarín y recorre los pasillos con signos de manifiesta localía, el realizador -en un rato dejara en claro que no se considera un “director de escena”- aún no sabe que su creación está destinada a quedar allí por vaya uno a saber durante cuántas semanas, como un símbolo del efecto de una crisis sanitaria planetaria cuyo desenlace por ahora no parece demasiado cercano.

“Vivimos un tiempo muy complejo, confuso, muy líquido. Hoy, para mí es un día… No difícil, es un día que voy a recordar durante muchos años. Ni feo ni lindo. Es un día en el cual siento que me quedo lejos de mi familia. Italia estaba en el punto de la civilización en el que el hombre se sentía fuerte; sentía que con Google había alcanzado la facilidad de cualquier comunicación, que había derribado todas las barreras. Y, de golpe, fuimos catapultados al año 300. Entonces…”, abre el fuego. Y se queda pensando.

Hace menos de 24 horas que el país en el que nació hace 47 años decidió cerrar sus fronteras, y la cantidad de muertes que está por sufrir en los próximos días seguramente aún ni siquiera pasa cerca de su inagotable imaginación. Sin embargo, la situación, que ya sí nos exige mantenernos a cierta distancia, lo lleva a un universo de interrogantes.

“La reflexión es así: ¿Qué estoy haciendo yo acá y en mi vida? Creo en la ópera. Cada uno tiene una especie de vocación. Y mi trabajo siento que siempre ha sido encontrar la conexión entre los lenguajes, a través de la música, que abre emociones, que habla de todo sin nombrar nada y que se dirige al público universal, de niños a mayores, de los híper cultos a los que nunca escucharon nada. Abre emociones. Eso es lo que me interesa”, dispara.

Y en ese sentido, Stéfano Poda apunta contra ciertas convenciones de una profesión que se le fue haciendo pasión a lo largo de un proceso que, dice, “se siente en la infancia, se madura en la adolescencia y se desarrolla a lo largo de toda la vida, trabajando duro”. “En mi caso – agrega- haciéndolo cada día de manera obsesiva”.

“No me importan los títulos, los protocolos no me importan lo más mínimo. Siento que la ópera está aprovechada en el 10 o 15 por ciento de su potencial. Creo en la ópera como ocasión, y no me resigno a una ocasión perdida. La ópera, no la reunión de las artes”, explica con mucho énfasis.

-Esa es una de las definiciones habituales. Si no es así, entonces, ¿qué es la ópera?

-Es la ocasión detonante de hacer explotar todas las sensaciones puras del ser humano. De abrir los chacras de golpe. De hacer fluir y entender que todo tiene que ver con todo. Algo que hace que no se trate la ópera como género. O sea, que no sea decodificada y no sea intelectualizada…

-¿No hay un problema ahí, teniendo en cuenta la mirada de cierto sector del público?

-Ese es “el” problema. Yo digo que la ópera, mientras siga siendo intelectualizada seguirá siendo un género. Mi sueño es que el teatro, que hoy en día es la última catedral del humanismo, la última iglesia, porque las otras ya no funcionan y los museos sirven para hacerse selffies o para saturar los celulares con una información que queda divorciada de todo, sea más que eso. El problema es que nosotros vamos a la ópera y queremos entender, escuchar, ver… Queremos hacer una operación convencional. Nadie se libera a hacer una terapia. A mí lo que me interesa es la terapia. La terapia en el sentido de que uno se sienta y descubre algo más, gracias a la emoción pura que brinda esta comunión de disciplinas.

-¿Dirías que al público de ópera hay que ‘reeducarlo’?

-No lo sé. Trabajé 30 años para lograr eso. Pensé si había que hacerlo con los títulos más tradicionales que la gente ya conoce, o si había que hacerlo con otros más refinados. Las intenté todas… Al final, entendí que la única cosa que funciona es la honestidad. Y para llegar a ella tardé 30 años. Tuve que hacer un Nabucco muy logrado dese el punto de vista estético; y veinte años después tuve que hacer uno conceptual, donde el eje era la negación de la estética, porque necesitaba arribar a un resultado que fuera menos seductor.

-¿Por qué?

-Porque pensaba que si seduce al público, éste se queda encantado, pero no alcanza las cuerdas más profundas. Es una búsqueda. No es que crea que tengo la varita mágica, o la Biblia. Ni soy el depositario de la fórmula. Pero creo en esto. Soy un artista independiente, que no tiene nada que ver con las propuestas más comunes, con la…

-¿La corporación de directores de escena?

-Con la corporación, nada. Tampoco soy un director de escena.

-Tu caso es muy particular; sos director, escenógrafo, coreógrafo, vestuarista, iluminador…

-Eso me nació de niño, cuando inadaptado a un mundo normal, me aislaba y creaba un mi universo paralelo, que aún sigo sacando de las tinieblas. Obviamente, con técnicas que son cada vez más logradas. Cometí muchos errores, pasé por muchos estudios; aprendí a hacer la escultura, aprendí a hacer las luces, la coreografía… Y también olvidé hacer la coreografía, porque la detesto. -Lo cual debe ser un problema para los cantantes, y más para los bailarines. -¡Uffff! Porque el primer proceso cuál es: les cuento el primer día, y todos dicen que sí, porque intelectualmente es lógico. Pero después, ponerlo en práctica es tremendo, porque es todo un proceso de desaprender, de ir a la raíz, de encontrar realmente la conexión entre música y palabra, y la conexión con el cuerpo. Porque además, la ópera no es hablada, es cantada, y todos los tiempos se estiran. Entonces, ¿cuál es la solución? Puede ser cine; para mí no. Teatro; tampoco, ni danza. Es otra cosa. Eso es lo extraordinario de la ópera: su abstracción. En el momento en que la abstracción de la ópera llega a ser corpórea, explicada, pierde su misterio. Como la misa. O sea. Es el misterio de la vida. En el momento que mostramos todo, que explicamos todo, lo convertimos en pornografía. En el sentido bueno, o en el malo. Pero le quitamos el misterio. Hay dos maneras de enfrentar la ópera: uno es el tradicional, que cumple con lo requerido y va bien para todos.

-¿Y el otro?

– El otro es la versión moderna de la ópera, que es la preocupación dramatúrgica de hacer comprensibles los sentimientos a nuestros tiempos. Para mí, eso ha servido, en cierto momento, para sublevar, para despertar la problemática sobre cómo manejar este género. Pero no me funciona, porque hace concreto algo que no lo es. Vivimos una época de fuerte desarrollo tecnológico, sí; pero después de las vanguardias, de los años ‘20, después de Proust, de Joyce, de los grandes, hemos sufrido… Hemos regresado a un estado achatado, donde todo tiene que ser rápido, concreto. Hoy somos brutísimos.

-En medio de la incertidumbre que siembra el coronavirus, ¿cuándo pensás que volverás a Italia?

-Cambiemos la pregunta. Porque yo tenía que volver a Rusia, al Bolshoi, para otra producción. Yo vivo en el mundo, y viajo sobre todo entre Pekín y Moscú, aunque mi casa y mi familia están en Italia. Allí están mis padres allí. Pero no sé por qué esta región del mundo, el Río de la Plata, me atrapó hace unos 25 años, y no sé por qué en este momento estoy acá. No lo sé; es un pregunta que me hago. Aunque en este momento no me pregunto por mí, porque yo soy autónomo, siempre ando por todos lados y me arreglo. A mí me preocupa Europa. Y hay que protegerse, porque aquí no tienen que pasar lo que ha pasado en Italia.

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