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Dupláa-Metilli-Geretto hacen Exit en el Multiteatro Comafi

La obra de miércoles a domingos en el teatro de la calle Corrientes.

Si -como se suele repetir en la calle- se conoce a la pareja en el divorcio, a los hermanos en la herencia, a los hijos en la vejez y a los amigos en las dificultades, hay otras situaciones que también podrían formar parte de esta suerte de mantra popular. Uno posible en Argentina es que también se puede conocer la verdadera naturaleza de las personas cuando su estabilidad laboral se ve amenazada. Ese también suele ser un desencadenante del instinto humano, de lo que se puede ser capaz de hacer con tal de mantener su puesto de trabajo.

Sobre esa delicada instancia en la que se pone en juego cuestiones éticas, humanas, laborales y económicas pone el foco Exit, una obra de teatro que en clave de comedia que no da respiro indaga en todo lo que puede generar en las personas cuando su empleo está en riesgo. La pieza teatral, escrita por Agustí Franch y protagonizada por Nancy Dupláa, Juan Pablo Geretto y Fernanda Metilli, se puede ver en el Multiteatro Comafi (Corrientes 1283), de miércoles a domingo.

Bajo la dirección de Corina Fiorillo, Exit se sumó a la cartelera porteña con la intención de entretener y hacer reír. Claro que la temática que la contiene, sus detalles y formas, le imprimen a la obra una crítica al sistema laboral actual que es imposible soslayar. Tras años sin conseguir trabajo, en su primer día como directora de Recursos Humanos, Lidia (Dupláa) recibe el llamado de la dueña de la compañía (en la extraordinaria voz de Elizabeth Vernaci) que le da un desafío del que depende su futuro en la organización. La “orden” es tan simple como cruel: deberá despedir a uno de los dos empleados que en minutos entrarán a su oficina. Como no conoce ni a Manu (Geretto) ni a Maite (Metilli), Lidia intentará conocerlos para tomar una decisión vaya a saber sobre la base de qué razones. En ese juego de silencios y puestas en escena, los tres expondrán todo tipo de estrategias para resolver “civilizadamente” la situación. Pero -tarde o temprano- el instinto de supervivencia aflorará sin filtro.

“Exit tiene todos los mecanismos de la comedia clásica, no pretende otras cosas tampoco, con la problemática del trabajo como fondo. Es como una especie de comedia de puertas, pero que en vez de puertas se abren situaciones que van generando una espiral ascendente en la vida de estos tres pobres diablos, víctimas de este sistema”, le cuenta Geretto a Página/12. “La obra -agrega Metilli- tiene algo muy catártico, que el público festeja, porque se identifica con situaciones y compañeros de trabajo. Son personajes que aunque intentan tener un filtro cultural, en algún momento se les sale la chaveta”.

Dupláa considera que buena parte del éxito de Exit es -justamente- la identificación que el público alcanza con la situación laboral y el oportunismo de hablar de un tema que cala hondo en los argentinos. “La posible pérdida del laburo -detalla la actriz- es el desencadenante. Lo interesante es que a todos los personajes les afecta igual la situación, pero cada uno tiene motivaciones y formas diferentes de intentar conservar el trabajo. Juan es el típico empleado que intenta quedar bien con todos, que trabajó toda su vida ahí: es el que más pretende aparentar algo que no es para seguir ocupando el lugar de privilegio que ocupa. Mi personaje tiene que cuidar las formas y tomar una decisión que no quiere ni puede ser para seguir conservando ese trabajo que desea desde hace tanto tiempo. Y Maite es, quizás, la más genuina, la más directa, pero porque también sabe que tiene un as bajo la manga. Pero todos hacen lo imposible para no quedarse sin trabajo”.

Exit es una comedia disparatada, que sin embargo resulta verosímil en tanto el trabajo tiene una importancia fundamental para la vida moderna. Sobre todo en Argentina, donde es mucho más que el mecanismo para tener una contraprestación económica, ¿verdad?

Fernanda Metilli: -El trabajo es fundamental para la vida de cualquiera, trabajes de lo que te guste o no. Nosotros por ahí somos privilegiados de trabajar de lo que nos gusta. El trabajo te dignifica, a veces poder elegirlo y otras, no. Perder el trabajo es sentir un vacío enorme. “¿Y ahora qué hago? ¿Y ahora cómo me ordeno?”.

Nancy Dupláa: -Trabajar tiene que ver con la dignidad de cada uno. Porque trabajar dignifica tu vida, de alguna manera: te permite sostenerte por vos mismo, adquirir las cosas que necesitás o deseás, sin depender de nadie. Por supuesto que estamos hablando de una generalidad, ¿no? Hay gente que no le gusta trabajar… (risas)

Juan Pablo Geretto: -Habría que hacer una distinción entre la necesidad de tener dinero y la necesidad de tener trabajo. Me parece que si uno no tuviera la preocupación del dinero, tal vez tendría otro trabajo, otra forma de vincularse con el trabajo, o tal vez no tendría trabajo…

F. M.: -¿Querés decir algo?

J. P. G.: -Yo soy pro no trabajar, pero… no nací heredero (risas). Tengo que trabajar. Para muchos el trabajo significa el sostén de su vida en esta sociedad. Eso les pasa a estos tres personajes. No son gente que puede retirarse e irse al campo a plantar rabanitos. El trabajo, sus puestos y el dinero que ganan son un engranaje importante de su sistema de vida. Son personajes de metrópolis que trabajan en estas empresas multinacionales, impersonales y crueles, en donde nunca le ves la cara al dueño. En la obra está representado en una persona, en una voz, pero en realidad nunca sabés quién es, o quién está arriba de quién, o quién está aún más arriba de ese.

-¿La impersonalidad del poder hace que los miedos alrededor de trabajo se acrecienten para los empleados?

N. D.: -Sí, obvio, con este capitalismo cada vez más feroz y despersonalizado que lleva a que los seres humanos dejemos de pensar, de desear, de tener voluntad para pasar a ser un número. El otro día me decía el playero de una estación de servicio que dentro de poco no los iban a necesitar más, porque iban a poner máquinas en el surtidor. Como ya pasa en otros países. En un ejemplo diferente y extremo, pero lo que cuenta un poco la obra es ese miedo terrorífico a que nos reemplacen por máquinas.

J. P. G.: -No podemos no hablar de eso. La obra, básicamente, muestra la comunión del estrés en el espanto. El miedo a que a los seres humanos nos reduzcan. Porque el problema no solo es que nos reemplacen por una máquina, sino que el terror es que nos usen como si fuéramos una máquina, sin identidad ni pensamiento ni sensibilidad y que puedan desecharnos cuando no les sirvamos más. Si te reemplazan por una máquina, por lo menos seguís conservando la dignidad. Pero si te tratan como un número, si te tratan como una máquina, si te tratan como que lo tenés que dar todo por la empresa, que no te ponés la camiseta lo suficiente, la dignidad se pierde. Ahora ya ni siquiera somos empleados, sino que se habla de “recursos”, “colaboradores”… Es terrible.

-El de actores es un gremio acostumbrado a la falta de trabajo. Alguna vez, Alfredo Alcón me dijo que “estar desempleado es el primer trabajo de un actor”, por la inconsistencia de su oficio.

N. D.: -Hay un porcentaje alto de compañeros, cercano al 80%, que no trabajan con continuidad. Es un montón.

F. M.: -Sí, trabajamos de buscar trabajo. Parte de nuestro aprendizaje en el último tiempo fue vernos como un producto. “Saber venderse”, que es un poco lo que las redes empezaron a traer. Cuando salí de la Universidad Nacional del Centro de Tandil, de estudiar la carrera de teatro, dos profesores me dijeron que vaya a a hacer valer mi título. “Andá a laburar de actriz y de profe de teatro”, me dijeron. Y en ese momento sentí que me habían soltado a la selva. Me vine de Tandil para acá. Pero entendí que tenía que empezar a golpear puertas, ir a casting, escuelas, lo que sea… Pero hoy también hay que mentalizarte en que -aparte de ser artista, de las herramientas actorales que tenés-sos un producto. Es algo frío, pero cada vez más valorado por el mercado.

-Se conforman elencos por la cantidad de seguidores que una actriz o actor pueda tener en las redes sociales, o la repercusión mediática que suelen tener, más allá de si es el ideal para interpretar tal o cual personaje.

F. M.: -Sí, que no es una u otra. Porque ha pasado de contratar a alguien porque tiene un millón de seguidores y, sin embargo, no se sostiene en escena. Entonces, no es solo eso. Pero hay que aprender toda la disciplina.

J. P. G.: -Y aprender a gestionarte en este contexto. Creo que no hay muchos actores que tengan autogestión. En mi caso, surgió más de la necesidad… En las provincias, si no te hacés vos, ¿quién te lo hace? No hay un productor que te llame, no hay tele, no hay ficciones. Entonces, sabés un poco de producción, de costos, de luces y vestuario y te vas armando. En mi caso, tuve la suerte de que me fue bien. Pero ¿cuántos hacen el intento y quedan en el camino? O no lo saben hacer, porque no nos enseñan, tampoco. O no tuviste la suerte o la oportunidad.

Exit genera muchas carcajadas en la platea, incluso en situaciones que tienen algo de dramático. ¿La crisis económica estimula la risa y por tanto la comedia teatral?

F. M.: -Siempre que hubo crisis los espectáculos de humor resurgieron. Me acuerdo que en el 2001 también pasó. La gente elige reírse. Hay que hacer catarsis para sobrellevar la realidad. 

N. D.: -Ya que va a pagar entrada, que es un costo alto, el público desea pasar un momento agradable cuando decide ir al teatro. Lo noto en Exit, cuando termina la obra y la gente nos espera para saludar o con mucha euforia, y te explican lo que sintieron y tienen una necesidad de hablar, de agradecer y de contarte… Entrar al teatro después del pesar del día, y salir así, es fantástico. Creo que parte del éxito de Exit es lo oportuno del tema. ¿Qué es lo que somos capaces de hacer con tal de no perder el trabajo?

J. P. G.: -Sí, que es todo lo contrario a olvidarse. La virtud es poder plantear una situación horrenda desde otro lugar. Hay algo catártico, pero también de verse reflejado en la obra. No es que te hace olvidar, te hace acordarte, pero resignificandolo, poder verlo de una manera diferente. La verdad que es difícil abstraerse de la realidad, pero uno puede verla un ratito desde otro lugar.

-¿El humor permite exorcizar la realidad?

J. P. G.: -Sí, sacar tensión, sacar angustia. Transformar la angustia en otra cosa, en carcajada, en risa.

-En Exit los tres personajes son víctimas, más allá del cargo jerárquico que ocupan. ¿Coinciden?

N. D.: -Los tres son víctimas de un sistema cruel.

J. P. G: -Sí. De hecho, es la voz de una psicópata perversa, que no da la cara, la que dispara temores. Una voz a que, como Moisés, plantea mandamientos estrictos y generando el miedo.

-El hecho de que la dueña no aparezca en escena, que sea solo una voz en el teléfono, es mucho más que un recurso teatral: los verdaderos malos no dan la cara nunca.

F. M.: -Por supuesto. Yo amo a las películas de terror, y la obra tiene algo de El juego del miedo. Allí también es una voz las que te va diciendo las cosas que los personajes tienen que hacer, y una de esas cosas es matar al que está al lado tuyo… Exit tiene mucho de eso: uno de los tres va a perder el trabajo. Si la llevás a ese extremo, es una tragedia. Está visto como una comedia, pero los pone a los tres en esas situación. Los va ahorcando. Es más: la dueña parece disfrutar con esa situación cruel que les impone a su empleados.

-¿Cómo ven todo lo que está pasando con la cultura? La ficción argentina perdió lugar en la TV abierta, el gobierno avanza contra instituciones culturales de fomento a la producción…

N. D.: -La tele murió un poco. Esa tele donde, de alguna manera, los tres nos desarrollamos, no está más. Las novelas que yo hacía no están más.

F. M.: -Yo no siento que murió, pero también por una negación, porque no quiero que suceda. Pero se perdió el ritual de juntarse a tal hora a mirar una novela, que para mí era hermoso. Porque ahora podemos elegir a qué hora mirar tal o cual serie. A mí no me gusta eso. Parece una pavada, pero creo que rompe todo. Antes te ordenaba la vida.

-En ese contexto, el teatro fue el que menos daño recibió.

J. P. G.: -Tal vez parte del bien andar del teatro es que tiene un horario, que te ordena, te exige una preparación, un encuentro.

F. M.: -No estamos haciendo funciones desde la una de la tarde hasta la ocho de la noche para que la gente entre a la hora que quiera. El teatro es otra cosa. Todo bien con las plataformas, pero hay un lindo ritual que se perdió. A mí me gusta la cosa conjunta, el compartir.

N. D.: -El mundo cambió muchísimo. Sobre todo en la cultura, en la forma de hacerla, en la manera de sostenerla. En Argentina venimos sufriendo un franco deterioro respecto del lugar que ocupa la cultura. Fuimos ganando en políticas para mantener ciertas cosas y derechos, pero la actividad cultural viene golpeada. Por eso el resurgimiento del teatro fue como un remanso, no solo para los actores, también para los productores y para la gente. El teatro es un tesoro social. Hoy, el teatro es el único lugar en el que la gente puede ver a actrices y actores compartiendo un espacio con otros.

-Un ritual que no hay plataforma o tecnología que lo pueda emular.

J. P. G.: -En Argentina es muy fuerte ese ritual. Hay teatro hasta en los lugares turísticos de vacaciones, que no sucede en el mundo donde todo es playa-disco. Acá es playa-teatro o lago-teatro. Eso es inusual. Y eso fue producto de que la gente iba al teatro en vacaciones a ver a los artistas que veía en la novela todo el año en la tele.

N. D.: -Y el teatro independiente que empezó a surgir en los últimos años. Los elencos independientes presentan obras de una calidad altísima.

J. P. G.: -Por eso creo que la cultura habría que dividirla. Una cosa es el financiamiento o la promoción estatal de la cultura, que puede ser recortada sin razón. Pero otra cosa es la cultura en sí misma, que siempre en la crisis emerge en punta en la batalla, como el pasto abriéndose paso en el cemento. La mayor parte de las obras independientes no son porque generan dinero. Hay vestuario, hay escenografía, hay luces, hay creatividad… No sé si no hay una movida aún más grande en el teatro independiente que en todo el teatro comercial que se pueda estar haciendo.

-Ante el avance del gobierno y el ataque de algunos funcionarios a la comunidad artística, ¿la cultura va a resurgir como lugar de resistencia?

J. P.G.: -Yo creo que sí, porque si la angustia es motor de la cultura, tenemos materia prima de sobra.

N. D.: -Obviamente, que si no hay fomento, no hay posibilidad de realización. Hay cosas que no se pueden mantener sin el apoyo estatal, por eso existe en todo el mundo.

J. P. G.: -Cierran museos o teatros por los aumentos siderales del alquiler, o del costo de los servicios públicos… Hay algo que es claro: lo que se destruye de una patada no se construye con la misma velocidad. Podés destruir algo en dos minutos, pero después lleva años volver a construir. No solo la institución que destruiste, sino toda la movida que había alrededor de esto, el hábito de ir a algún lado, que esté en tu plan, en tu paisaje cotidiano, que sea una posibilidad…

N. D.: -Creo que todo lo que pasa también está generando un caldo de cultivo a favor. Lo veo en las marchas, que siempre hay grupos donde representan algo o cantan alguna canción, o se maquillan para protestar… Hay una enorme capacidad de resiliencia en la creación.

F. M.: -Es la forma de expresarnos de los argentinos, nuestro lugar. En Argentina le metemos arte a todo. El arte es nuestra manera de expresarnos.

-¿Qué piensan de la instalación desde el gobierno y medios de la idea de los artistas como sinónimos de ñoquis?

N. D.: -Es la política de comunicación de este tipo… ¡de este tipo y de la gente que lo sigue! Como de hacer raíz en eso, de meterle a la gente falsas ideas, para que después la gente repita cuál zombies ciertas estructuras de pensamiento.

F. M.: -Sí, esto de creer que somos pobres por las películas que se hicieron. ¿Hacemos las películas más caras del mundo? Daleeee….

N. D.: -Y que los actores somos millonarios también… ¡Que me digan un actor millonario que conozcan! Es cruel y el ataque fue un franco crecimiento, pero es un poco lo que dice Juan: está generando un caldo de cultivo en nosotros, que no va a impedir pasar este proceso que tenemos de lucha, de organización, de estar alertas, de estar juntos en colectivos, de estar pensando siempre un poco en quien la está pasando peor… Hay instituciones como SAGAI, que ayuda siempre a los compañeros que están en necesidad. Nosotros tenemos que comunicar y tratar de generar una línea de pensamiento en la gente que entienda que lo que pasa no es lo que les están contando, que no hay más pobres por culpa de los artistas… Hay muchos comunicadores que con mucha vehemencia dicen eso. Eso es lo terrible, porque después la verdad no importa. Se la repite como un mantra para demonizar a un sector.

Emanuel Respighi/Página 12-Espectáculos

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