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Diálogo con Perla Suez, ganadora del Rómulo Gallegos por El País del Diablo

Ya había recibido el Sor Juana Inés de la Cruz por esta misma novela.

Los genocidas nunca tienen la última palabra. Más allá de la imposibilidad de representar el horror, los sobrevivientes relatan sus experiencias. Lum, una niña mestiza de madre mapuche y padre blanco, es testigo de cómo matan a su madre. La toldería fue aniquilada por una compañía de cinco soldados que responden al proyecto “civilizatorio” de la llamada “Campaña del Desierto”. ¿Quiénes son los bárbaros en esta historia? La escritora cordobesa Perla Suez ganó por unanimidad el Premio Rómulo Gallegos, dotado de 80.000 euros, por su novela El país del diablo, publicada por Edhasa en 2015. El jurado definió la obra de Suez, la primera escritora argentina en ganar el premio, como  “desgarradora y dueña de un magnífico aliento poético”.

Suez (Córdoba, 1947) estaba en la lista de los diez finalistas junto a las argentinas Gabriela Cabezón Cámara con Las aventuras de la China Iron, Angela Pradelli con La respiración violenta del mundo y Gloria Peirano con La ruta de los hospitales. La escritora cordobesa es la cuarta argentina en recibir el Rómulo Gallegos, después de Abel Posse, Mempo Giardinelli y Ricardo Piglia. La autora de LetargoEl arresto y Complot, tres novelas que conforman la Trilogía de Entre Ríos, ya había recibido otro premio importante por El país del diablo: el Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Desde que se anunció que obtuvo el Rómulo Gallegos, la escritora cordobesa entró en el vértigo de la seguidilla de entrevistas con distintos medios latinoamericanos. “Yo no imaginé que podía ganar. Me costó la primera noche, desayuné a las tres y media de la mañana, no dormí nada porque no tenía los pies sobre la tierra”, cuenta Suez a Página/12.

–¿Qué significa ser la primera escritora argentina en ganar el Rómulo Gallegos?

–Como mujer, como escritora del interior, con todas las marginalidades que hemos padecido a lo largo del tiempo las mujeres escritoras, siento un poco la responsabilidad de asumir el lugar de Libertad Demitrópulos y Sara Gallardo, entre otras; imaginate la cantidad de escritoras que no vieron su obra publicada. Esa invisibilidad nos ha permitido, con nuestras luchas tan diferentes a la de los hombres, con una perspectiva y una mirada del mundo tan distinta, abrir caminos diferentes. No son los mismos caminos que hizo el patriarcado a lo largo de la historia. La lucha no es solo nuestra, la lucha viene desde hace mucho tiempo, y creo que ahora en el arte, en la literatura, logramos un espacio. Nadie nos regaló nada; esto es producto del esfuerzo y la perseverancia que hemos tenido para ir ganando espacios; empezaron a ver que nosotras podemos, que somos capaces de descubrir otros aspectos. Yo no soy de las escritoras que piensan que hay muy buena escritura de mujeres y muy buena escritura de hombres. La literatura es una; pero estoy convencida de que hemos ganado un espacio que nos permite decir de otro modo las cosas: sin timidez, sin prejuicios.

–En “El país del diablo” se muestra el genocidio contra los indios. Poniendo el foco en Lum, la protagonista, las mujeres siempre han sido víctimas de la violencia de los hombres, ¿no?

–La novela empieza no sólo con la muerte de la machi abuela, la sabia de la tribu, sino que arranca con esa violencia típica que atraviesa nuestra tradición literaria. Yo no quería escribir una historia realista ni meterme en el siglo XIX –la novela transcurre en el siglo XIX, pero no tenía interés de volver al romanticismo, ni al realismo, ni al costumbrismo–, tenía que comprender la perspectiva desde el presente. Fue muy fuerte para mí la documentación y el cine de (Quentin) Tarantino y los hermanos Coen, como la literatura norteamericana de las mujeres: Eudora Welty, Carson McCullers y Flannery O’Connor, esa corriente que nos iluminó otra mirada mucho más sensible de la vida, de lo cotidiano, con sus contradicciones y ambivalencias.

¿Hay un punto de inflexión con El país del diablo?

-Sí, porque trabajé con una problemática que se ha visibilizado ahora pero sucede desde la edad de bronce: los femicidios. Después de la muerte de la machi, muere la madre de Lum en manos de un hombre blanco que era su pareja… y cómo la mata. Hay gente que me pregunta: ¿por qué tanta crueldad? ¿Qué está pasando todos los días en nuestra realidad? Ahí sentí que había un cambio en mi mirada, en mi modo de pensar, me atrevo a decir con humildad un crecimiento, algo que creció dentro de mí. Ya no tenía que contar más la historia de mis abuelos, ni la historia de mis ancestros. Ahora estaban mis ancestros de acá, de mi tierra; eran mis ancestros que luchaban por un lugar en la tierra. Esta novela la escribí mucho antes del conflicto que hay por las tierras en la Patagonia. Las escritoras nos anticipamos con la ficción; la literatura toma la memoria, la lleva al futuro y no al pasado. En la novela agarro ese pasado, agarro esa época y a esos soldados, pero los miro desde una perspectiva del siglo XXI, desde lo que nos está pasando en un mundo tan oscuro. Entre la pandemia y los poderes corruptos a nivel internacional, mires donde mires, en Europa, en la India, en la China, en todos lados, el ser humano no ha encontrado todavía la fuerza suficiente para creer que hay otras cosas, además del dinero. Las mujeres seguimos en la lucha lentamente; llevará siglos, no lo sé, yo no lo voy a ver pero no me importa: lucho para las nuevas generaciones. Este sistema ha reventado por todos lados. Nunca hubo tanta hambre y tan miseria en el mundo. Creo en esta lucha que estamos llevando a cabo las mujeres por la legalización del aborto. No soy apocalíptica.

–¿Qué importancia tiene la memoria y el testimonio de los sobrevivientes?

–Toda guerra ha dejado sobrevivientes que son los que tienen la memoria para contar qué pasó. Siempre hubo personas que sobrevivieron y pudimos enterarnos de otra historia, otra verdad, que no es la mentira que nos enseñaron. El azar hizo que un día que fui invitada a Santiago de Chile me parara en una librería, mirara la vidriera y viera un libro bilingüe (mapuche, castellano) Lonco Pascual Coña. Testimonio de un cacique mapuche. Lo empecé a leer y lo compré. Ese indio mapuche habla de su cosmogonía y la extraordinaria cultura del silencio que ellos tenían; el amor por la naturaleza y las estrellas me deslumbró. De ahí pasé a Mircea Eliade y hasta me compré un diccionario mapuche, donde encontré el nombre de Lum, que quiere decir “encuentro entre dos lagunas”. Eso fue lo que sentí; que eran las lagunas de mi memoria también. La memoria de mis ancestros estaba cerrada con la Trilogía de Entre Ríos y con Humo rojo, ahí terminé una parte de lo que no podía olvidar. Así que tenía que contar otra cosa. ¿Qué tengo yo en común con el pueblo mapuche, si soy blanca, hija de un inmigrante de la Mitteleuropa de origen judío? Me di cuenta de que tenía en común el exilio, la persecución, el desierto… ¿cómo escaparon los judíos de Egipto? Por el desierto; ahí está la cosa identitaria que busco. Leí un libro muy interesante del escriba de Julio A.Roca, Viaje al país de los araucanos, de Estanislao Zeballos, un gran escritor con una ideología que no comparto; ¡qué bien escrito que está! Y a partir de ahí empecé a buscar contradicciones en los personajes, porque el indio Ancatril se pone el traje de soldado, traiciona a la tribu y después vuelve. Tampoco es un ángel Lum: si tiene que matar, mata.

La escritora cordobesa, Premio Nacional de Literatura con Humo Rojo, ganadora de la Beca Guggenheim por su novela La pasajera y autora de libros de literatura infantil y juvenil, entre los que se destacan Dimitri en la tormenta y Memorias de Vladimir, se define como una trabajadora de la palabra, alejada de las luminarias y los exitismos. “Quizá no será tan bueno lo que escribo, no sé, pero escribo por la necesidad profunda de contar lo que no me contaron. Lo que me contaron lo estoy cuestionando todo el tiempo: la historia oficial de Roca en adelante. Me interesa preguntarme todo de nuevo desde la ficción y reescribir la historia desde la literatura, haciendo otro camino, contando otros personajes”, plantea Suez.

–¿Por qué en “El país del diablo”, desde la ficción, proponés que en la “civilización” hay “barbarie” y en la “barbarie” hay “civilización”?

–Desde Sarmiento aparece el tema, cuando él dice (lo puse en el epígrafe): “no sean bárbaros, alambren”. El concepto de civilización viene con toda la postura de que había que mirar a Europa y demás. Yo tengo contradicciones porque mis abuelos escaparon de la Rusia zarista y no los mataron porque Argentina les dio un lugar y esa fue política de Roca. Sin embargo, fui cuestionando a qué costo vinieron porque, les podrían haber dado tierras fiscales a mis abuelos y no matar indios. Fue un genocidio, pero hay sobrevivientes, que son los que están luchando, de a poco, por un lugar en la tierra. Todos tenemos derechos a tener un lugar en la tierra. Lo que está pasando, en relación a las tierras de la Patagonia, todavía es confuso. Hay un derecho que existe, que es el derecho a vivir en su tierra; pero hay cosas muy confusas en cuanto a la política y las líneas para llegar a eso. ¿Quiénes son los bárbaros? ¿Quiénes los civilizados? Nos vendieron que eran civilizados los que venían de Europa y que eran bárbaros los indios. Me acuerdo en la escuela los dibujos de los libros de lectura: los indios con un trapito en la cola y una flecha venenosa incrustándose en un blanco y yo horrorizada… Eso nos dieron en la escuela. Entonces hay que traducir la barbarie y la civilización por otra cosa. También son bárbaros hoy las grandes masas inmigratorias que andan por el mundo buscando un lugar en la tierra. ¡Qué oscuridad que estamos viviendo con campos de refugiados en todo el mundo, donde gente hacinada muere de hambre! Esa oscuridad me toca por el lugar donde vivo: ¿civilización o barbarie? ¿Cómo podemos pensar que estamos en un mundo civilizado? El mundo es un lugar salvaje donde las atrocidades son tantas que no alcanza la cabeza para pensar por qué ocurren.

–¿Estás escribiendo algo?

–Sí, muy lentamente porque la pandemia me ha afectado y hemos perdido muchos amigos médicos que estaban en la primera línea de fuego. Lo único que no me ha afectado es el encierro, porque estoy acostumbrada a estar mucho tiempo adentro. Hace más de un año que estoy escribiendo una posible novela (espero que no vaya al tacho de basura) cuyo fondo es el tema de la trata; una niña de catorce años, de un pueblo del interior del país, que no es que la captan tradicionalmente, sino que hay una historia muy fuerte detrás del padre. La historia tiene que ver con el endeudamiento en el que entró la clase media baja argentina para poder sobrevivir. El padre tenía un aserradero que se incendia y va entrando en una vorágine. La madre también trabaja en el aserradero, pasa algo que no te voy a contar, y el padre termina entregando a su hija como parte de pago. La novela arranca con el secuestro de la niña a la salida de la escuela y va hacia atrás, para contar quién es el padre y los vínculos con la familia. El poder de concentración con la pandemia no es el mismo. Antes trabajaba muchísimo más que ahora. Ojalá que llegue a buen puerto con esta novela, sino se empieza de nuevo. No puedo dejar de escribir porque es lo único que sé hacer, así que voy a seguir en la lucha. El Rómulo Gallegos me da una fuerza increíble y me anima a contar otra historia.

Silvina Friera/Página 12

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