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Cuando a Stephen King, en su vida real, le pasó una de Stephen King

El escritor norteamericano publicará en octubre su nueva novela.

Lo que sigue a continuación no es un cuento de Stephen King. Repetimos: no es un cuento de Stephen King.

Terminaba el siglo XX. Las miradas a futuro eran apocalípticas. Lo que la humanidad había sabido exitosamente llevar a cabo, todos sus logros, entre los tecnológicos al menos, la red de Internet había sido de las más prestigiosas. ¿La profecía? El Y2K, su caída, desplome y así, todo lo conseguido se desvanecería en la noche del cambio de siglo. Nada de esto ocurrió. La vida siguió igual. Como la muerte, claro.

Pero ese último año, 1999, los pensamientos se agolpaban en las mentes más brillantes y obnubilaban la vista, uno se sumergía en reflexiones y podía llegar a naufragar: las visiones más terroríficas eran esparcidas por falsos profetas y calamitosos oportunistas.

Mediando ese año, y seguramente con mucho en su cabeza, Stephen King, quien contaba 51 años en ese momento, salió a dar un paseo en las cercanías de su domicilio, en la ciudad de Portland, Maine.

Maine, su espacio elegido para tantas de sus novelas, un lugar al norte de Nueva York que sabe tener inviernos helados bajo la nieve y sobre los tejados de sus casas victorianas.

El autor, entonces, caminaba sin rumbo, sumido en sus pensamientos cuando de repente todo se volvió negro, confuso, imposible de entender.

Paralelamente, Bryan Smith, un lugareño, manejaba su Dodge Caravan por el mismo lugar. El conductor, distraído con su perro, termina atropellando al autor.

Es ese momento del accidente cuando se vuelve un no tiempo, todo se estanca, nada parece moverse, ni adelantarse y todo es grito, ruido, sangre: King había caído por un terraplén y fue socorrido por el mismo Smith que lo había atropellado.

Ahora, falta poco para que se publique en el país su nuevo libro, Cuento de hadas. En aquel momento, el autor de El resplandor fue llevado inmediatamente al hospital con una pierna rota, varias costillas fracturadas, un pulmón golpeado y una laceración en la cabeza.

Ingresado en el centro médico Central Maine, King fue sometido a varias operaciones durante horas. Pasó a calidad de estable dentro de la gravedad que suponía.

Los médicos inmediatamente concluida su labor comunicaron que, “aparentemente”, no se temía por su vida y también que el recién operado se encontraba consciente e incluso bromeaba con el personal.

Una vez recuperado, le compró a Smith la mini van que lo atropelló por $1.500 dólares para destruirla.

Se especularon dos intenciones: que lo hacía para molerla a mazazos o que fue para evitar que algún fanático comprara el vehículo que casi le quita la vida como un objeto mórbido. Y asesino, como su Christine. (Esa obra maestra donde logra proyectar el terror a un auto, vivo, criminal, letal).

El hombre que lo atropelló falleció misteriosamente poco más de un año después. Bryan Smith vivía solo con sus dos perros y fue encontrado sin vida el 21 de septiembre del 2000… ¡La misma fecha de cumpleaños de Stephen King! Tras el análisis forense se determinó que Smith había fallecido por una sobredosis de tranquilizantes.

King dijo que lamentaba su fallecimiento y cuán extraño le resultaba todo, cómo sus vidas se habían cruzado tan misteriosa y terroríficamente (y finalmente letal para el otro).

Una vez muerto Bryan Smith, King descubre que el segundo nombre del hombre que lo había atropellado era Edwin… igual que el suyo. “Es como una novela de Stephen King”, dijo el mismo autor.

El narrador ya había sufrido una experiencia traumática rayana a la muerte: viajando en avión casi pierde la vida. Este episodio está narrado en la eximia biografía sobre el autor de Lisa Rogak, Stephen King. La biografía. Una turbulencia mayúscula desprendió el asiento en el que viajaba y “las máscaras de oxígeno bajaron, creí que ya estábamos muertos”, dijo King en su momento. La turbulencia era tan fuerte, que aterrizó acostado, atado aún al asiento. Tras esta experiencia, tuvo que pasar mucho tiempo antes de volver a subir a un avión.

Lala Toutonián/Especial para Clarín

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