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Corazón del Daño, con gran actuación de Marilú Marini, en el Picadero

Marini cumple un gran papel dirigida por Alejandro Tantanian. Adapatación del libro de María Negroni.

“Voy a crear lo que me sucedió”. Con esa cita de Clarice Lispector comienza el libro de María Negroni, El corazón del daño (Random House), y también la versión teatral dirigida por Alejandro Tantanian y encarnada de manera magistral por Marilú Marini, que se presenta de miércoles a domingos en el Teatro Picadero (Pje. Santos Discépolo 1857). Una confluencia virtuosa de literatura, teatro y vida.

En el libro la cita descansa sobre el margen superior de una página en blanco; en la obra Marini aparece por un lateral y se dirige al público desde el proscenio. Pide que por favor apaguen los celulares, anuncia el inicio del viaje con esa cita y luego pasa del otro lado del cuadro que compone la escenografía de Oria Puppo junto a una mesa larga, dos sillas, una bolsita de tela, una muñeca y el portarretratos con el rostro de esa figura que es el centro de la galaxia construida por Negroni: la madre. Lo que ocurre a partir de ese momento es una cita histórica con el acontecimiento teatral cruzado por la literatura que, si se hace bien, deviene en un maridaje de alto vuelo.

No es la primera vez que Marini y Tantanian trabajan juntos; ya lo hicieron en Todas las canciones de amor (2016) y Sagrado bosque de monstruos (2018). Tampoco es la primera vez que el director aborda un material literario: antes exploró el universo de Margo Glantz junto a Analía Couceyro en El rastro (2014) y el de Nicanor Parra de la mano de Patricio Contreras (2015), adaptó Las islas (2011) de Carlos Gamerro, compuso un retrato de la poeta rusa Marina Tsvetáieva en Y nada más (2007) e indagó en la obra de Kafka y Dostoievski. Ese historial le permite tener presente algo fundamental que declaró a este diario: “Yo defiendo mucho el carácter literario de la dramaturgia. El teatro forma parte de la gran familia de la literatura”.

La literatura no es ajena al campo de las artes escénicas; es uno de sus elementos constitutivos, parte de su naturaleza. Eso queda muy claro en esta versión, donde Marini no es una simple narradora o “decidora” de textos; ella encarna algo que evidentemente también fue escrito con el cuerpo. No sería preciso decir que la actriz “da vida” al texto de Negroni porque el texto ya estaba vivo –muy vivo– en toda su crueldad y su ternura. Pero la habilidad de Marini permite echar una luz nueva sobre ese material que –como buena parte de la obra de esta autora– se resiste a las clasificaciones: ¿novela, ensayo, autobiografía, diario, autoficción, poema? No importa.

Hay una voz poderosa que no podría ser capturada en una enunciación fría. Marini le pone cuerpo a esa voz y evoca unas imágenes que en el libro ya están presentes pero que aquí –por la naturaleza de la disciplina teatral– aparecen con fuerza renovada, quizás más cercanas porque ahora hay un cuerpo sobre el escenario que juega con los límites del aquí y ahora, el yo y la alteridad, lo autobiográfico y lo ficcional representados en ese marco escenográfico. Hubiera sido injusto que la obra quedara reducida tan sólo a la relación madre-hija porque en sus 140 páginas el libro explora cuestiones que van mucho más allá del vínculo filial: hay una reconstrucción de su historia como lectora/escritora –Negroni la identifica como una “arqueología de la escritura”– que permite dibujar el árbol genealógico de su familia literaria. No es un dato menor que la voz narrativa empiece diciendo: “En la casa de la infancia no hay libros”. A partir de allí se despliega un mapa que incluye a Hélène Cixous, Proust, Virginia Woolf, Baudelaire, Olga Orozco, Edmond Jabès, Gelman, Flaubert, Pessoa, Borges, Rimbaud y tantos más.

El vínculo tortuoso con la madre está presente y permite al espectador colocar en los espacios vacíos su propia experiencia (más cerca o más lejos de la protagonista) pero deja lugar para indagar ese legado literario a partir de las citas que Marini repone en escena con algunos golpes sobre la mesa que funcionan como signos de puntuación –los textos respiran; el teatro demanda ritmo– y están acompañados por los cambios en la paleta cromática de las luces. El corazón del daño es la prueba de que teatro y literatura no van por carriles separados sino todo lo contrario. Marini, quien supo ponerle el cuerpo a textos de Beckett, Genet, Marivaux, Copi o Urdapilleta, tiene una habilidad admirable para invocar la voz literaria y volverla hecho escénico. La actriz narra con todo su cuerpo: un andar aletargado, una caminata enérgica, un bailecito delirante con la lengua afuera, un par de cejas muy enarcadas, la mano sobre la mesa, una mirada tierna o fulminante. Nadie merece ser contemporáneo de Marini sin haberla visto actuar sobre un escenario. Al final de la función y en el marco de la discusión por la Ley Ómnibus, la actriz señaló la necesidad de «insistir, persistir y resistir».

El corazón del daño: 9 (nueve)

Adaptación: María Negroni con la colaboración de Oria Puppo y Alejandro Tantanian

Dirección: Alejandro Tantanian

Actuación: Marilú Marini

Diseño de escenografía, iluminación y vestuario: Oria Puppo

Música original y diseño sonoro: Diego Vainer

Funciones: de miércoles a domingos a las 20 (domingos a las 18.45) en el Teatro Picadero. Localidades por Plateanet.

Laura Gomez/Página 12-Espectáculos

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