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Cine y Teatro en curso, de su presente nos habla Rafael Spregelburd

Mientras filma en Uruguay, escribe una obra que presentará en el Filba Internacional.

“Está resultando una película muy exigida para mí en todo sentido: hay escenas de fútbol y de violencias de todo tipo”, cuenta Rafael Spregelburd, actor, director y dramaturgo que en estos días termina su participación en 9, coproducción entre U Films de Uruguay y Pensa y Rocca, de Argentina, bajo la dirección de Nicolás Branca y Martin Barrenechea. Explica: “Mi personaje es una especie de bestia y está muy alejado de los paradigmas en los que habitualmente se me ve más cómodo: es arrollador y grosero, con un nivel intelectual de poco calibre, y –para colmo- tengo que hacerme pasar por uruguayo, así que recibo mucho ayuda con el acento, que sólo ellos detectan”, detalla. La película tiene por protagonista a Christian Arias (Enzo Vogrincic), quien interpreta a un exitoso futbolista de 23 años que sufre el acoso mediático, entre otras presiones. El elenco está integrado también por Rogelio Gracia, Sofía Lara Morales, Horacio Camandulle y Roxana Blanco.

El rodaje tiene otras particularidades: “Filmar en Uruguay en este momento es una tarea gozosa por donde se la mire: es uno de los pocos países que la pandemia casi no ha tocado”, cuenta Spregelburd, quien también está escribiendo una obra que, bajo su dirección, presentará por Zoom durante la primera edición online del 12° Filba Internacional, que tendrá lugar entre el 16 y el 24 de octubre próximo. Se trata de Pongamos por caso, una performance que estará a cargo de seis traductores, dado que el tema es, precisamente, la traducción. Los intérpretes son el argentino Ariel Dilon, la norteamericana Frances Riddle, el inglés Ian Barnett, la alemana Svenja Becker, la italiana Manuela Cherubini y el paraguayo Rodolfo Prantte. Todos ellos, según afirma Spregelburd, coautores del texto, ya que está basado en sus propias ideas sobre traducción y en sus anécdotas personales. El mismo Spregelburd también participa, ya que es traductor tanto de inglés como de esperanto. Por otra parte, el actor Javi Marra personificará al traductor de Google y Alejo Moguillansky realizará la codirección del espectáculo.

-¿Cuál es tu rol en la historia de “9”?

-Yo soy Óscar, el padre de Christian Arias. Un ex futbolista, resentido y muy malhumorado que una vez frustrada su propia carrera deportiva se dedica a administrar y explotar la figura de su hijo, la nueva estrella internacional y promesa del fútbol uruguayo, sin reparar jamás en qué pueda estar necesitando. Es una historia muy despiadada sobre la mala relación entre un padre y un hijo, a la vez que un retrato de una masculinidad decadente y asfixiante.

-Estás viviendo en Uruguay algo completamente distinto a nuestra cuarentena. ¿Cuál es tu posición respecto de las medidas adoptadas en nuestro país?

-¿Qué puedo opinar con mediana autoridad sobre un tema que nos ha dejado pasmados a todos? Una de las cosas más insoportables de vivir en la Argentina es que cualquiera se cree epidemiólogo, ministro de economía o director técnico de la selección: todos opinamos. La pandemia no estaba en la agenda de ninguna filosofía pret-a-porter. En principio, celebro que las medidas del gobierno pusieran la vida de las personas por encima de cualquier otro valor. Al menos es un discurso para apoyar sin retaceos.

-¿Cuáles son tus críticas?

-El gobierno cede tácitamente antes las presiones anticuarentena (que tienen diversos orígenes) y en vez de aumentar los salarios de los golpeados trabajadores de la salud (que incluso en CABA fueron reprimidos por exigir mejores condiciones) opta por acatar a la policía autosublevada y golpista, por ejemplo. Veo con pesar que siguen gobernando los poderes reales, y no los que son sufragables. El desastre económico y social que dejó el neoliberalismo no podía haber tenido un corolario más catastrófico que esta pandemia, que golpea de manera muy distinta a cada clase social y también a cada rubro de la cadena laboral.

-¿Cuáles son las ideas que aparecen en Pongamos por caso?

-Como mis ideas sobre la traducción son muchas y están muy a la vista en casi todas mis obras, esta vez he dejado que fluyeran de manera algo descontrolada. Me pregunto (y les pregunto) algunas cosas para las que no hay respuesta clara. ¿Por qué los insultos tienden a ser fálicos en las lenguas latinas, anales en el alemán y blasfemas en el inglés? ¿Qué aspectos del castellano resultan intraducibles? ¿Traducimos la lengua o podemos llegar a traducir el habla? ¿Hay lenguas centrales y lenguas periféricas? Y en ese caso, ¿qué puede y qué no puede expresar cada una? ¿Qué le está prohibido a cada cultura? ¿En qué momento del lenguaje inclusivo están otras lenguas y por qué? ¿Hablar es siempre patriarcal?

-Esta obra, ¿podría tener una versión teatral?

-En su primera versión teatral este trabajo estaba concebido como un concurso en vivo de traductores en tiempo real que competían por ganarse una tostadora Peabody, con ejercicios de traducción poco menos que imposibles. Poco quedó de ese primer esbozo presencial: siendo en diferido y grabado, sin convivio, nada de esta puja generaba un sentido demasiado atractivo. Así que dudo mucho que esta misma versión virtual de la obra pueda trasladarse realmente a un escenario real.

-¿Cómo te llevás con el Zoom?

Los espectadores nos hemos hartado muy rápidamente de las narrativas del Zoom, creo yo. Es una herramienta que se nos ha impuesto para trabajar, cursar materias, festejar cumpleaños o hacer campamentos con los chicos: está en todo y en nada. Su gramática es agobiante y es poco lo que se puede hacer fuera de organizar algunas “charlas” de interés. Así que toda nuestra dirección (incluyo aquí la mano decisiva de Moguillansky) tiene que ver con hallar sorpresa, verdad y misterio en medio de un formato tecnovivial que nos resulta en principio algo antipático y al que vamos minando de a poco.

-En el programa del Festival te referís a ciertas humillaciones que sufren los profesionales del sentido. ¿Cuáles son?

-Las humillaciones de estos embajadores que son los traductores son varias y muy visibles. Cosas tan absurdas como cobrar por palabra, o incluso no cobrar nada (es muchas veces el caso de la traducción teatral, donde se va a riesgo con una producción de la que uno no tiene ningún control real), cumplir con los caprichos y necesidades editoriales (como traducir un texto antiguo pero lograr que parezca atractivo a la lectura contemporánea), evitar el propio dialecto y traducir a un lenguaje “neutro” para ampliar el mercado de esa lectura, en fin, el traductor suele ser víctima de varias humillaciones que –lejos de amedrentarlo- lo fortalecen.

-¿Qué desigualdades aparecen en el momento de traducir?

-No es lo mismo traducir de una lengua central a un dialecto mestizo y específico (como el castellano rioplatense) que ser traducido desde ese dialecto a una cultura central, que tenderá invariablemente a presentar nuestros textos como si los explicara. Allí se ve con claridad muchos de los temas que me fascinan, y que tienen al lenguaje y el poder como sus principales ejes. ¿Qué cosas hace el lenguaje para asimilar a su cultura algo que no le pertenece, que no tolera, o que le es tabú? ¿Puede un lenguaje “puro” traducir una experiencia cultural “híbrida”? Algunos de los ejes de la obra proponen ejemplos concretos de estas preguntas.

La relación con el fútbol

Cuenta Spregelburd: “En lo personal, el universo del fútbol configura un espacio muy singular en mi biografía. Más de una vez he escrito sobre mi improbable e intensa relación con este fenómeno de masas, que llegó a mi vida de la manera más inesperada cuando me convertí involuntariamente en el team manager del CAD, el Combinado Argentino de Dramaturgos, que en 2010 disputó (y ganó) un torneo de escritores en Frankfurt, del que participaron también autores como Bernardo Cappa, Matías Feldman, Santi Gobernori o Federico León. Antes de eso, jamás había jugado al fútbol.

Cecilia Hopkins/Página 12

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