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Carmen Balcells, Traficante de Palabras: el libro tributo de Carme Riera a la icónica representante

Balcells junto a García Márquez, Edwards, Vargas Llosa y Donoso, pavada de representados.

En 1960, en Barcelona, una mujer de 30 años decidió dar un paso del que no podía imaginar entonces su trascendencia, creando al mismo tiempo una empresa propia y un oficio hasta el momento casi inexistente en España. La mujer se llamaba Carmen Balcells. La empresa se llamó Agencia Literaria Carmen Balcells.

Probablemente no exista casi ningún lector que no haya oído nombrar a Balcells. A su persona ha ido siempre asociada la creación del tan mentado boom latinoamericano, encabezado por su cliente más famoso, Gabriel García Márquez.

De la mano del boom y de su personalidad excesiva y vehemente, de sus generosidades, desplantes y de su tesón para defender los derechos de autor de sus representados, alrededor del apellido Balcells se fueron aglutinando a lo largo de los años anécdotas, comentarios y opiniones que la ensalzaban o denostaban, según quienes fueran sus emisores. Para cuando murió, en 2015, ya no era alguien que habitara el mundo prosaico de los mortales: se había convertido en un mito.

Precisamente es deconstruir el mito lo que Carme Riera se ha propuesto en estas páginas. Pero Carmen Balcells, traficante de palabras, es mucho más que una biografía. Para empezar, como biografía es una escrita desde el afecto (Riera fue amiga de Balcells, además de una de sus representadas). Sin embargo no es, como bien se esmera en señalar su autora, una hagiografía ni mucho menos. Es una presentación del carácter de la agente hecha con rigor y ecuanimidad, respaldada por decenas de entrevistas a autores, familiares, editores, amigos y agentes literarios, y una lectura exhaustiva del archivo personal de Balcells.

En segundo lugar, podríamos decir que este libro es un estudio sociológico, y como tal permite trazar un derrotero de la construcción de la industria del libro, de sus instituciones, sus actores, y de las circunstancias políticas que llevaron a España y a la ciudad de Barcelona al lugar donde hoy se encuentran. Pero volviendo a Balcells: ¿cómo logró esta mujer construir, al parecer de la nada, un negocio millonario?

La descripción de los hechos puede, por supuesto, encontrarse en estas páginas, pero destaquemos del pormenorizado relato que el encuentro con el editor Carlos Barral –quien le dio en exclusiva los derechos de traducción de sus autores– fue central.

Muy rápidamente, Balcells se dio cuenta de que no estaba representando a los escritores, puesto que los derechos revertían en Barral, y consiguió que el editor renunciara a ellos en favor de los autores.

Naturalmente, esto fue sólo el comienzo, y no explica gran cosa. “Por azar”, “consiguió”. ¿Cómo? Riera no escatima en detalles de todo tipo: personales, históricos, circunstanciales. Sus autores, y casi todos los que la trataron, coinciden en que Balcells era “una fuerza de la naturaleza”, una mujer con un carácter inolvidable.

Le gustaba el poder. Conoció a los reyes, tuvo amistad con el presidente Aznar. Fue íntima amiga de García Márquez, que le supuso ganancias incalculables y a quien se obstinó en darle todos los gustos. Conoció de su mano, como es sabido, a Fidel Castro.

Cada vez que sus autores llegaban a su casa, los homenajeaba con comidas costosas y exquisitas. Llenaba de flores a sus clientes preferidos (en el caso de García Márquez, siempre rosas amarillas).

Cuenta Riera que cuando se enteró de que Mario Vargas Llosa malvivía en Londres enseñando en el Queen Mary College, no sólo lo llamó por teléfono (como dice la conocida anécdota), sino que se tomó un avión para convencerlo de que se instalara Barcelona, donde se ocupó de que pasara de la precariedad a vivir de la literatura. Le abrió una cuenta en el banco. Consiguió colegios para los hijos.

Organizaba las vacaciones de sus escritores. Si no tenían dónde aislarse para concentrarse, les prestaba alguna de sus casas durante una temporada. Posibilitó el exilio de Onetti en España.

Es una presentación del carácter de la agente hecha con rigor y ecuanimidad.

Balcells no sólo cubría las necesidades de sus representados: se adelantaba a ellas. Era detallista, una anfitriona de lujo. Pero también una mujer vulnerable que lloraba con frecuencia, que vivía atormentada por los kilos de más que, según escribe Riera, aumentaban año a año.

Era supersticiosa hasta el delirio. “No permitía que nadie brindara con agua, evitaba pasar el salero sin dejarlo antes sobre la mesa, no cruzaba por debajo de una escalera, no admitía trece comensales”. Una astróloga italiana confeccionaba las cartas astrales de sus clientes y empleados y le indicaba qué días eran más propicios para ciertas operaciones.

Hasta el 2000, Balcells no había dado entrevistas. O más bien, una sola: a Carmen Riera, justamente, en 1982. Luego del 2000 (coincidiendo con el anuncio de su jubilación) se prodigó en entrevistas, muchas, quizá demasiadas, como señala la autora.

Carmen Balcells entendió que se había convertido en un mito viviente, en la hacedora del boom, ese momento único en la historia de la literatura en que, como señala Luis Harss, “el escritor fue un héroe cultural”.

Señala también Riera su carácter cambiante, su naturaleza envidiosa para con otras mujeres (sobre todo si eran cultas y flacas), su trato despótico con sus empleados. Pero sobre todo, que era implacable en su lucha a favor de los creadores.

Mercedes Álvarez/Especial para Clarín

 

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