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Carlos Belloso nos cuenta su unipersonal El Aparato en el Chacarerean

La obra va los miércoles en el recinto de Palermo y es dirigida por Hernán Jiménez.

Una distopía cyberpunk, una sociedad regida por un autócrata delirante que gobierna en perpetuo estado de excepción, eso es lo que presenta El aparato, el último espectáculo unipersonal de Carlos Bellosocon dirección de Hernán “Curly” Jiménez. Fiel al estilo que fue elaborando desde sus primeros trabajos en solitario, el actor interpreta diversos personajes siguiendo su proverbial inclinación a aunar lo científico con lo monstruoso. Si el aspecto que luce el primer mandatario de este país de ficción se parece demasiado al actual presidente de los argentinos, Belloso aclara que hace dos años que prepara este trabajo preestrenado poco antes del balotage. Y que lejos de imaginar lo que sucedería, casi le pone otra cara al personaje. La obra puede verse los miércoles a las 20.30 en el Chacarerean (Nicaragua 5565). 

Cuenta en la entrevista con Página/12 que El aparato nació como advertencia y terminó describiendo el presente en clave delirante: “Con “Curly” veíamos el avance de las derechas y tuve la intención de hacer reflexionar sobre ese tema, para incentivar el pensamiento comunitario”, detalla. “Pensé que la cara del personaje podía parecerse a Bullrich o a Macri pero me decidí por el más caricaturesco, sin imaginar que sería el presidente”, cuenta el autor y actor del espectáculo en el que Nelson, un ciudadano del Sistema, reclama a los gritos su derecho a ser víctima, a que continúen torturándolo a perpetuidad.

Diez años actuó Carlos Belloso junto a Damián Dreizik bajo el nombre de Los Melli, una de las propuestas más singulares que el naciente teatro under daba a conocer promediando los años ochenta. Con un sentido del ritmo poco común, aquella dupla hacía reír apostando sobre todo a la deformidad, al escorzo gestual. Pero una vez que coincidieron en que ya era conveniente disolver el dúo y probar suerte cada uno por su lado, los actores no volvieron a compartir el escenario.

Durante los primeros tiempos, a la vez que Belloso era dirigido por directores como Pompeyo Audivert o Eva Halac, aparecía en televisión (Ta-te-show era el programa) como Freddy Krueger o el Hombre Lobo. El reconocimiento masivo le vino recién con los personajes creados para Pol-Ka: primero hizo el barrabrava bizco en R.R.D.T. y luego el Vasquito, personaje de Campeones de la vida que le valió un Martín Fierro. Su primer unipersonal, Pará fanático!, contó con la dirección de Enrique Federman, al igual que el segundo, el festejadísimo Dr. Peuser.

Si en Pará…! el actor se trenzaba en descabelladas persecuciones y demostraba su agilidad bailando tecno, Dr. Peuser se destacó por la riqueza de los personajes que el actor traía a escena, entre otros un director de cárcel experto en mapas genéticos, un científico discapacitado que soñaba con ser Linterna Verde y un testigo en Tribunales que pasó tanto tiempo esperando que terminó convertido en juez de la Nación.

Volviendo a El aparato, el nombre alude, como explica Belloso, “al aparato ideológico o represivo del Estado, como lo plantea 1984, la novela de George Orwell”. El actor enumera las otras lecturas que lo ayudaron a darle forma a su espectáculo, como los escritos del británico Mark Fischer, autor de la desoladora frase “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Y los textos del norteamericano Sheldon Wolin, en los que plantea un totalitarismo invertido, una tiranía tecnofascista.

Belloso explica: “Se me ocurrió que el Gran Hermano (el personaje de Orwell, claro está) podría ser el Gran Otro, como lo describe Lacan, y que yo podía cruzarlo con lo que plantea Fischer en su libro Realismo Capitalista y lo que dice Wolin, cuando habla sobre el totalitarismo invertido y la democracia dirigida: si los senadores son trimillonarios ¿Para quién hacen las leyes si no es para ellos mismos?”. Siguiendo su razonamiento concluye: “Es mentira que Milei no quiere un Estado: lo que él quiere es un Estado a su medida”.

Otra idea de Fischer interesó a Belloso: la hedonia depresiva, uno de los síntomas del capitalismo que, según el crítico cultural, obliga al sujeto a sostener una eterna búsqueda de un placer que deberá renovar a cualquier costo. Lo increíble es que a partir de todo este raro y espeluznante cóctel de literatura, psicoanálisis y teorías radicales, Belloso logra hace reir a la platea del Chacarerean.

A lo largo de una hora, El aparato alude en forma disparatada y esperpéntica al tendal de excluidos que provoca el antiestatalismo neoliberal y a la naturalización de la atmósfera general que impone al impedir el pensamiento independiente, a la vez que condiciona la cultura, el trabajo, la educación y todo método de resistencia.

Nada dejan afuera los personajes de Belloso: está el individuo despolitizado, aquejado de euforia consumista, un paternalista marino llamado Comodoro Py que intenta llegar a los niños con un discurso desconcertante y una tenaz burocracia que funciona como dispositivo de vigilancia. Como en otros unipersonales suyos, en la recreación de un mundo altamente tecnificado que hasta incluye un dispositivo de teletransportación, Belloso continúa usando sencillos objetos cotidianos que potencian la comicidad. La diferencia es que esta vez cuenta con proyecciones de mapping a cargo de Ileana Jaciw, esposa del actor. El diseño de luces es de Gonzalo Córdova y la ambientación sonora, de su hijo, Bruno Belloso.

-¿Por qué cambiaste al Big Brother por el Gran Otro?

-Desde que tengo 15 años que no paro de releer 1984, un corte transversal perfecto del aparato ideológico y represivo del Estado. Pero se me cruzó El Gran otro, un concepto lacaniano que en el espectáculo representa al dictador que gobierna la realidad y la interviene como si fuera una ficción. Lacan dice que un factor de reconocimiento y construcción del individuo es el Otro en quien nos vemos como en un espejo. Pero en el plano simbólico está el Gran Otro, el lenguaje, la ley que nos rige. Por eso en el espectáculo digo: “Los que seguimos al Gran Otro seguimos nuestra Ley, tu Ley, mi Ley” (risas).

-¿De qué manera entran las ideas de Fischer?

-Mark Fischer marca los síntomas de una sociedad que va hacia el abismo. Describe filosóficamente al sistema y hasta lo compara con el cine de ciencia ficción, la mitología de esta época. Un capitalismo de verdad sin alternativa. Y leyéndolo entendí que las derechas actuales van más a fondo, acelerándose. Como Milei, que quiere experimentar con el anarcocapitalismo y para eso busca acelerar lo que conocemos como neoliberalismo.También me interesó uno de los síntomas que encuentra Fischer observando a sus alumnos: la hedonia depresiva.

-Que aparece de un modo farsesco en el personaje de Wilson…

-Y en todos nosotros. Sucede cuando el placer inmediato viene junto a la depresión inmediata. Ese vacío de estimulación viene seguido por un desinterés de lo real inmediato. Lo comprobamos si perdemos el celular o se nos rompe. Ese vacío es un síntoma del consumismo como ontología de mercado. Y en el foro de Davos quedó claro el servilismo de Milei a un mercado que mágicamente lo regula todo. Sin embargo hay gente que se está mueriendo de hambre. ¿Cómo puede haber quien lo siga apoyando? Creo que es más fácil que te engañen que aceptar que fuiste engañado…

-En tono de parodia, decís que el capitalismo es una máquina perfecta, autosustentable.

-Sí, sí, ¡Eso es inteligencia! (risas) Y el capitalismo al mismo tiempo se une con la inteligencia artificial. Nick Land (filósofo inglés, cultor del género de la teoría-ficción) habla de una humanidad que podría ser suplantada por las tecnologías, habla de un post humanismo, de una posible obsolescencia de la humanidad. En el espectáculo se ve a un tipo que está feliz en un sistema horrible, como Chaplin en Tiempos modernos. Que se va denigrando cada vez más, debatiéndose en ese mundo, acostumbrándose incluso a ayunar. Y la reflexión final es la soledad infinita que siente. En ese sentido, el unipersonal es el formato más indicado para contar esto.

-Ya en tu unipersonal «Dr Peuser» se ve tu interés en la ciencia…

Soy un científico frustrado. Es que la ciencia tiene un discurso mágico: creés en lo que te dice aunque no lo entiendas, como que la tierra se mueve y vos ves que todo está quieto. En El aparato reaparece el Dr.Peuser que es un personaje que explica el disparate científico y representa con su acento alemán la voz de la verdad, es una especie de Einstein. El humor que despierta es el contraste entre el disparate y lo real. Y viene a ser un enemigo del Gran Otro al proponer el antialgoritmo, un poder que puede invertir la fuerza de los patrones de repetición que impone el sistema. El Dr. Peuser es un patafísico, como yo.

-¿Cómo es eso?

-Sí, yo soy patafísico, me nombró mi regente, el curador de arte Rafael Cippolini. En la L’école de Pataphysique tengo el cargo de director del Subgabinete de Histrionicidad Científica, que depende del Gabinete de Indisciplinas Exhaustivas, que abarca muchas más cosas. La Patafísica, la ciencia que estudia las soluciones imaginarias, las excepciones y no las reglas, fue inventada por Alfred Jarry (el dramaturgo francés autor de Ubú Rey) y sus lineamientos están en su novela Gestos y opiniones del Dr. Faustroll patafísico (publicada en 1911). Y como todos los patafísicos tienen un título nobiliario imaginario, yo tengo el título honorífico de Inclito Archipámpano, que aparece en el Quijote de la Mancha, no el de Cervantes sino el de Alonso Fernández de Avellaneda. Significa “el más importante del que se cree importante” (risas).

El cargo de Histrionicidad Científica está verdaderamente hecho a tu medida. ¿Y tu tendecia a lo monstruoso, de dónde viene?

Hay categorías estéticas dentro de mi imaginario. Lo monstruoso tiene que ver con lo esperpéntico, una forma de perversión estética. Algo expresivo mío que tiene mucho de mi historia personal. Mi madre era enfermera en una maternidad de Villa Martelli, donde yo nací. En ese momento fue madre de leche de un chico que nació con parálisis cerebral. Un chico que vivía en un contexto de indigencia, que también se llamaba Carlos, al que seguimos visitando hasta que falleció a los 12 años. Y creo que él fue un espejo para mí, una imagen muy fuerte con la que sigo trabajando. Porque mis personajes y mi gestualidad van siempre hacia un extremo de deformación.

-¿Buscás variar tus registros humorísticos?

-El humor también viene de mi mamá que le gustaba contar chistes que no terminaba de contar porque siempre se reía antes. Para mí el humor es un dispositivo para potenciar la reflexión y hasta para potenciar la angustia. Es un mecanismo de contraste. Siempre me gustó la línea de los Pepes: Pepe Arias, Pepe Soriano, Pepe Iglesias, Pepe Marrone, Pepe Biondi. Me interesa el humor blanco o el negro, no me quedo con una sóla línea de humor.

-¿Rechazaste personajes que te ofrecieron?

-Sí…Después de hacer el Vasquito me llamaban para hacer personajes parecidos porque los productores suelen ser esquemáticos. Cuando en Tumberos demostré que podía meter miedo, entonces empezaron a llamarme para personajes marginales. Pero a mí me gusta hacer personajes de todo tipo. Y caracterizarme, porque me gusta mirarme en el espejo y verme diferente a como soy.

Cecilia Hopkins/Página 12-Espectáculos

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