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Cannes recibió al film «Había una vez en… Hollywood», de Quentin Tarantino

Pitt-Di Caprio-Pacino, el tridente donde se apoya la película de Tarantino.

Había una vez en… Hollywood es la más polémica y controvertida película de Quentin Tarantino, y muy probablemente genere repercusiones de toda índole en el futuro inmediato, y a largo plazo. Y tiene un final apoteótico y que deja con la boca abierta.

Antes de comenzar la proyección de Había una vez… en Hollywood, por si alguno de los periodistas y críticos que poblábamos la Sala Debussy en el Palais des festivals en Cannes no nos habíamos enterado, se leyó la carta que Quentin Tarantino había escrito el lunes pidiendo a los medios que no se revelaran contenidos de la película con la que compite por la Palma de Oro.

Tarantino, por primera vez en su carrera, tomaba personajes de la vida real, como Sharon Tate, la esposa de Roman Polanski que fue brutalmente asesinada por integrantes del Clan Manson, en 1969.

¿Qué haría?

La película transcurre en Hollywood, en 1969, y el personaje de Leo DiCaprio, el actor Rick Dalton, es vecino del matrimonio Polanski. No es que viven en el mismo barrio: sus casas están una al lado de la otra.

Es la época de los autocines, la aerolínea Pan Am, las series Combate, Bonanza y Mannix, películas como Krakatoa, al Este de Java y Funny Girl. Aparecen Bruce Lee, Steve McQueen, Sam Wanamaker, en la radio del auto se habla de Frank Sinatra, de la guerra de Vietnam y se escuchan temas como Mrs. Robinson, California Dreamin’. Es tiempos del LSD y la marihuana, y las viejas cubeteras de hielo. Y está el Spahn Ranch, donde Charles Manson y su comunidad descalza tuvo su residencia.

Por respeto al pedido del cineasta que aquí ganó la Palma de Oro hace un cuarto de siglo con Pulp Fiction (Tiempos violentos) -el mismo día, 21 de mayo, pero de 1994 se exhibió aquel filme- vamos a referirnos a los personajes centrales. La película se estrena recién el 22 de agosto en la Argentina.

Brad Pitt es Cliff Booth, el doble de riesgo de Rick. Luce jean y campera de jean Wrangler, y le presta sus anteojos a Jack cuando sale llorando de un restaurante (“No llores frente a los mexicanos del estacionamiento”, le dice). Rick tuvo encuentro con un productor (Al Pacino, con anteojos, cabello largo y teñido), que le abrió los ojos. Rick es una estrella de TV, ha

hecho westerns, es invitado a seriales, pero está perdiendo popularidad y tal vez le convenga hacer westerns spaghetti en Italia.

“Los western spaghetti son un asco”, dice sollozando Rick, en uno de los varios guiños que Tarantino vierte aquí y allá. Porque su nueva película es un homenaje al cine de los ’60, sí, pero también al que más le gusta al director de Kill Bill.

Cliff es su chofer, su confidente. ¿Su amigo? “Es mi jefe”, le dice a un hippie cuando descubre que le clavaron un cuchillo a un neumático. A diferencia de Rick, que tiene una regia casa en Cielo Dr., en las colinas en Hollywood, Cliff tiene un descapotable viejo (hasta para esa época) y vive con su pitbull, un perro entrenado, en un trailer. Es el que lo lleva y trae, su chofer aunque él vaya en el asiento del acompañante, y quien le arregla la antena de TV (Cliff queda en cueros para que se escuchen los Guau de la platea femenina y para mostrar cicatrices).

Y Sharon Tate (Margot Robbie, la esposa de DiCaprio en El lobo de Wall Street) vive un tanto desprejuiciada. No la reconocen en la puerta del cine donde dan Las demoledoras, con Dean Martin, pero se ahorra los 75 centavos de la entrada porque la dejan pasar.

Y también está Roman Polanski (el polaco Rafal Zawierucha). Habrá que ver qué opina el director de El pianista.

Lo que se vio fue una copia de prístino celuloide de 35 mm -se notaban los “cambios de rollos”-.

¿La película ¿podría durar menos?

Podría, sí, seguramente. Pero Quentin Tarantino hizo Había una vez… en Hollywood, salvo por las escenas de extrema violencia, como se hacía en los ’60.

Así que los tempos del filme no son los de los blockbusters de hoy en día. Y si sus películas inmediatamente anteriores ( Los 8 más odiados y Django sin cadenas) se tomaban su tiempo para presentar personajes e historias, hasta desencadenar un final a toda orquesta, ¿por qué no lo haría en ésta?

La música, cuando no se escucha de la radio, es del televisor, y más de una vez sirve como fondo y hasta acrecienta la tensión de alguna escena en sí.

Seguramente Tarantino brindará explicaciones en la conferencia de prensa de este miércoles, y contará por qué escribió el guión que escribió. La controversia está abierta.

El filme podría durar menos, pero Tarantino lo hizo, salvo por las escenas de extrema violencia, como en los ‘60.

    Pablo Scholz/Clarín

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