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Boca le ganó a Gimnasia, curó heridas y desató la fiesta interminable

La boca llena de gol de Tevez tras convertir el gol del campeonato para el Xeneize.

¿Cómo explicar semejante arremetida en el medio de la euforia xeneize? ¿Cómo dejar de lado el costado estrictamente emocional para analizar estos noventa minutos de viaje a la gloria? Boca revivió una noche que resultará inolvidable. Porque no se trata solamente de su 69ª vuelta olímpica. Mucho menos, de un triunfo ante Gimnasia, el día del regreso de Diego Maradona, el que alguna vez fue Pelusa con la camiseta azul y oro.

La victoria empieza a pagar las deudas de los últimos cinco años. Porque River fue su bestia negra. En la Sudamericana 2014, en la Libertadores 2015, en la Supercopa Argentina 2018, en la inédita final de Madrid, en la semi copera de 2019. Entonces, este resultado de alto impacto, un 1 a 0 exiguo pero justo desde el desarrollo, se festeja con locura, con emoción, con espíritu reivindicatorio. No es para menos. Si los de arriba eran “gallinas”, tal cual canta la tribuna, ¿cómo no desatar semejante felicidad?

Boca ganó porque nunca tiró la toalla. Incluso cuando la pelota quemaba. Que el gol haya llegado de los pies de Carlos Tevez es todo un síntoma de este breve pero intenso ciclo del último técnico campeón de América, que sólo necesitó siete partidos para arrebatarle el título a River. Aquel que fue la bandera de Gustavo Alfaro desde los dichos terminó siendo el emblema de Miguel Angel Russo desde los hechos.

Carlitos hizo el gol del campeonato. Fue a partir de una trepada de Frank Fabra, un lateral punzante, sin inhibiciones. De una pared con su compatriota Sebastián Villa. De un pase de Wanchope, que un rato había ingresado por Franco Soldano. Y de un tiro del pie derecho del ídolo de Fuerte Apache que venció la resistencia de Jorge Broun, hasta ese momento la figura de la cancha. Puso la mano floja el arquero rosarino y empañó todo lo bueno que había hecho durante el primer tiempo.

En ese lapso, precisamente, Boca se pareció mucho más al equipo de Alfaro que al de Russo. Fundamentalmente, porque no tuvo sentido colectivo. Le faltó conexión y claridad en 3/4, donde Tevez se desgañitaba para recibir la pelota porque Gimnasia le rodeaba la manzana. Salía con dominio y convicción desde el medio Jorman Campuzano, a veces se desprendía Julio Buffarini y mucho más Fabra. Sin embargo, hubo poca triangulación. Apenas una pared que armaron Villa y Carlitos que el capitán remató por encima del travesaño.

La mejor oferta que tenía Boca estaba por los costados, sobre todo por el sector que cubrían Matías García y Lucas Licht. Por ahí se volcó un rato Villa, después Eduardo Salvio, ambos muy imprecisos. Pero cada centro atrás encontraba a los centrales de Gimnasia bien parados. Y cuando Maxi Coronel o Paolo Goltz no llegaban, se hacía enorme Broun.

El arquero fue decisivo durante el primer tiempo. Tapó un remate cruzado de Salvio, un cabezazo de Zambrano a la salida de un córner de Tevez y una palomita de Soldano que conectó tras un desborde de Salvio.

Boca empujó, exigió, a bordo de sus hinchas, que estaban pendientes de cada movimiento en Tucumán. ¿Cuánto habrá influido el gol de Atlético Tucumán en el desarrollo del juego? El mensaje bajó al campo de juego. Y el equipo no estuvo lúcido. A excepción de Campuzano, que incluso tomó la lanza para romper líneas, el resto entró en la confusión. Y todos terminaron pidiendo penales que Facundo Tello, impecable, no compró.

Gimnasia se agrupó atrás y buscó alguna contra, pero ninguno de los envíos de Pérez García tuvo brillantez. Con Cuadra movedizo, pero poco ductil, trabajaron mucho más los volantes de recuperación y los defensores que los hombres de ataque.

Esteban Andrada tuvo la atajada que vale el título. Un bombazo de Contín de media distancia que el arquero sacó notablemente. Y Salvio pudo armar la fiesta mucho tiempo antes, pero resolvió mal, solo frente al arco. Y Broun anticipó a Wanchope. Hasta que llegó el legendario remate de Tevez. A todos les recorrió un escalofrío cuando Agudelo casi empata de cabeza. Pero era la noche de Boca, esa que esperó durante un lustro cargado de triunfos rivales.

Daniel Avellaneda/Clarín

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