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A cuarenta años del fallecimiento de Eduardo Rovira, otro «diferente» del Tango

El bandoneonista argentino transitó un camino similar al de Astor Piazzola.

En 1980, desde Europa, Astor Piazzolla aseguraba que atravesaba el período más calmo y creativo de su vida artística. Atrás habían quedado los combates –simbólicos y literales– para hacerse entender, y en nombre del tango su música circulaba triunfante por festivales de jazz y salas de concierto del mundo. El 29 de julio de ese año, en La Plata, donde hacía una década trabajaba como director y arreglador de la Banda Sinfónica de la Policía, moría Eduardo Rovira, también bandoneonista, también compositor y también vanguardista del tango.

Las comparaciones son odiosas, siempre, pero en este caso ilustranlas asimetrías entre quienes en la misma época persiguieron con genio personal la misma idea. Piazzolla, con pasión y temperamento. Rovira, con técnica y razón. O dicho de otra manera, Piazzolla expandiendo con agudo sentido melódico lo que Rovira no terminaba de elaborar en la reflexión profunda. Como si Piazzolla hubiera sido italiano y Rovira alemán.

Hoy, miércoles 29 de julio, se cumplen cuarenta años de la muerte de Rovira. Cuatro décadas de devociones e indiferencias hacia quien el tiempo y la paulatina reconsideración de su obra no terminan de sacarlo del lugar de “el otro” en la vanguardia del tango.

Junto con Piazzolla, Rovira fue de los compositores que con mayor convicción puso en acto la idea de llevar el tango de los pies a la cabezaRovira y Piazzolla fueron paralelas que casi nunca se tocaron. En tono casi de leyenda se habla de un encuentro en Gotán, el sótano de la calle Talcahuano al 300, donde compartieron cartel, cada uno con su conjunto, el 8 de marzo de 1966. Esa noche Piazzolla tocó primero, pero se fue mientras actuaba Rovira. Unos años antes, en 1961, hubo un concierto de Rovira en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de la UBA. “Mezclado entre los estudiantes estaba Piazzolla. Al descubrirlo comenzaron a aclamarlo, como una tribuna futbolera aclama a un ídolo. Rovira lo invitó entonces al escenario y le cedió su bandoneón, en el que Astor improvisó durante unos minutos ‘Los mareados’ y se fue. Rovira retomó entonces su fuelle y se extendió en largas variaciones sobre el mismo tango de Juan Carlos Cobián”. Así lo cuenta Julio Nudler en una brillante nota publicada en el suplemento Radar de este diario, en ocasión de los veinte años de la muerte de Rovira.

En esa misma nota, Rodolfo Alchourron cuenta que “había gente para la cual Rovira era dios». «Lloraban oyéndolo”, dice. Y Rodolfo Mederos asegura que Rovira no le movía un pelo: “Su música no me parece sincera. Es de un modernismo forzado, independientemente de que haya escrito un par de tangos rescatables o incluso valiosos”.

Eduardo Oscar Rovira nació en Lanús el 30 de abril de 1925. Bandoneonista precoz, a los 9 años tocaba con la orquesta de Francisco Alesso en las matiné del Café Germinal de la calle Corrientes. A los 11 tocaba con Vicente Fiorentino en Radio Splendid y así siguió saltando de una orquesta a otra. Florindo Sassone (1939), Antonio Rodio (1941), Orlando Goñi (1943), Miguel Caló (1944) y Osmar Maderna (1945) fueron algunos de los directores con los que trabajó, antes de que en 1946 Aníbal Troilo lo convocara para formar parte de su orquesta, justo cuando el muchacho se iba a la “colimba”.

En el ’48, Rovira se hizo cargo de la orquesta de Alberto Castillo, con quien trabajó hasta 1951. Fue entonces que, envalentonado, formó su propia orquesta, con la que en el ‘53 actuó en Portugal y en España. Luego viajó a París con la idea de profundizar sus estudios, proyecto que no concretó. Corría el ’54, el mismo año en el que en la capital francesa Piazzolla estudiaba con Nadia Boulanger. En el ’56, Rovira pasó por la orquesta del admirado Alfredo Gobbi, a quien dedicó el tema “Engobbiao”, y en el ’57 formó una orquesta junto al cantor Alfredo del Río. A fines de la década, el pianista Osvaldo Manzi lo convocó como arreglador y primer bandoneón de la suya.

En lo de Manzi había conocido al violinista Reynaldo Nichele, que le ofreció escribir arreglos para el Octeto La Plata. Ahí, el autodidacta que había aprendido los arcanos del tango tocando de noche pero se sentía discípulo de Bach, Mozart y Schoenberg comenzó a poner en juego sus ideas. El octeto sería la base de la Agrupación de Tango Moderno, con la que en 1961 Rovira grabó Tangos en nueva dimensión, su primer disco.

Al año siguiente, grabó la música que había compuesto para el ballet Tango Buenos Aires – Opus 4 y en 1963 se editó Tango Vanguardia, un disco extraordinario. Junto a Osvaldo Manzi en piano, Fernando Romano en contrabajo, Mario Lalli en viola, Enrique Lanoo en violoncello, y los violines de Ernesto Citó y el leal Nichele, Rovira traspasó la dimensión del tango con profundidad inédita y con un nivel instrumental fenomenal. Recursos bachianos en “Para piano y orquesta”, desarrollos beethovenianos en “Monotemático”, una bien utilizada cita de la cadencia Concierto en para piano y orquesta en La mayor K 488 de Mozart en “Triálogo” y la aproximación a la técnica de composición con doce sonidos ideada por Schoenberg en “Serial dodecafónico”, además del hecho de que el disco pasó casi inadvertido y enseguida desapareció de la circulación, hicieron de Rovira si no un mito, seguramente un músico de culto.

En 1966 se estrenó su Segunda sinfonía concertante en el Teatro Colón, bajo la dirección de Pedro Ignacio Calderón. Ya había formado el trío con Rodolfo Alchourrón en guitarra y Fernando Romano en bajo, al que sumó al oboísta Pedro Cocchiararo para grabar Tango en la Universidad y un EP junto a Susana Rinaldi. En 1968 el trío grabó Sónico, donde el bandoneón utiliza un pedal distorsionador que le permite obtener algunos sonidos hasta entonces impensados para ese instrumento. De 1975, ya sin el arrebato del perseguidor, es Que lo paren, su último disco. Hacía cinco años que se había retirado a La Plata, donde consiguió trabajo estable como director de la Banda Sinfónica de la Policía.

Rovira murió de un paro cardíaco mientras caminaba por la calle. Dejó una obra de doscientos tangos, cien obras de cámara y algunas sinfónicas. Hoy su discografía reeditada circula nuevamente, hay grupos que investigan su obra y graban su música, como el Quinteto Rovirado, el trío Tango en Tres, en Buenos Aires, y en Bélgica el Quinteto Sónico, que acaba de publicar el notable Eduardo Rovira: Inédito e Inconcluso. “Mi música será comprendida dentro de cincuenta años”, decía el compositor, parafraseando a Gustav Mahler. Pasaron cuarenta. Ya estamos cerca.

Santiago Giordano/Clarín

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