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A 5 años de la gloria, habla Daniel Orsanic, el capitán campeón de la Davis

La postal del día más glorioso del tenis argentino.

El calor no perdona. Es asfixiante. Daniel Orsanic levanta los brazos del otro lado de las canchas de tenis del club El Chasqui, en General Pacheco. Acaba de jugar al padel con Germán Lux, uno de los arqueros de River. «Despunto con otro deporte», cuenta mientras se prepara para la nota. Antes de sentarse bajo el rayo del sol, en la silla en la que conversará durante más de una hora sobre el tenis, la vida y los valores, observa de lejos a su hijo Balthazar, de 13 años, que patina sobre el polvo de ladrillo en plena disputa de los Interclubes.

Orsanic está en Pacheco, rodeado de paz. Es comentarista de ESPN desde hace unos años, asesora al junior Mateo Del Pino -sacó su primer punto ATP la semana pasada en Córdoba-, y ayuda en la academia del club. Pero la semana es movida: exactos cinco años atrás, el 27 de noviembre de 2016, se encontraba en la cancha dura del Arena Zagreb, en Croacia, envuelto entre los cantos de la hinchada argentina, porque acababa de saldar una histórica deuda del deporte nacional. Formado en el club Arquitectura, en Agronomía, llegó a ser 107° en singles y 24° en dobles, ganó ocho títulos de ATP y se destacó por su trabajo como director de Desarrollo de la Asociación Argentina de Tenis (AAT), aunque su figura quedó signada por haber sido el capitán del equipo argentino campeón de la Copa Davis, el conductor de aquel recordado plantel conformado, en mayor parte, por Juan Martín Del Potro, Federico Delbonis, Leonardo Mayer y Guido Pella.

«Pasaron muchas cosas. Seguimos un par de años más en la Davis. Perdimos la categoría y recuperamos el Grupo Mundial. Falleció mi padre y mi madre está avanzada con su enfermedad. La tengo y no la tengo, al mismo tiempo. Por un lado me deja tranquilo que hayan estado conscientes cuando ganamos la Copa Davis. Mi viejo, profesor de tenis de toda la vida, te imaginás que para él fue un orgullo. Pero la vida sigue. A nivel laboral estoy ligado al tenis desde atrás de una pantalla. Me divierte y me gusta», sintetiza los últimos cinco años, en diálogo con Página/12, quien perdiera este año a su padre Branko, un entrañable formador nacido en Croacia que escapó de la Segunda Guerra Mundial.

-¿De qué forma recordás el título?

-Estoy agradecido por haberlo vivido. Ganar la Davis nunca fue una meta sino parte de un proceso. Haber estado es un privilegio y, a medida que pasa el tiempo, parece que cada vez es más importante. Pero tiendo a simplificar las cosas: le quitamos dramatismo a la situación, nos ocupamos de lo que podíamos controlar. Si uno le pone expectativa a lo que hace pierde el foco. Defiendo a muerte que lo que interesa es lo que uno hace desde su lugar. No importa el cargo: yo respeto al otro por lo que hace. No me creo ni más ni menos por lo que conseguimos. Logramos algo único… Viste cuando decís ‘Ah, sí, ganamos la Davis, cierto’. En el día a día no tengo en la cabeza que gané la Davis, pero nos confirmó que tenemos una manera de pensar que sirve y da resultado. En Desarrollo hicimos un gran trabajo con los más chicos y siempre lo conecté con la Davis. De 2014 a 2018 fue todo un proceso más allá de que la gente se acuerde de la Davis de 2016. Empatizar con la gente acerca mucho: es una manera de encarar la vida.

-¿Cómo viviste la final en Croacia por los orígenes de tu papá?

-Mi padre se desconectó mucho cuando vino. Cuando nos tocó ir a jugar la final no era tan movilizante. Pero una vez que llegué a Zagreb todo cambió: veía a la gente y me encontraba con algo familiar. Sentí un contacto muy fuerte: me vi parecido a los croatas. La semana empezó a ser más emocional. Yo tenía una premisa, una lucha: que la final fuese igual que las otras series. La parte emocional lo hizo difícil pero lo logramos: muchos no podían creer lo tranquilo que me veían.

-¿Cuándo dijiste “bueno, acá ganamos la Davis”? Símbolico: lograr lo que querías más allá del resultado.

-Te puedo decir la serie contra Italia, en Pésaro (NdR: triunfo 3-1 en cuartos de final). Yo la llamo ‘la serie de la concreción’. No participó Leo Mayer por una lesión en el hombro, y era el referente, pero se produjo la vuelta de Juan Martín al equipo; Mónaco jugó por primera vez durante mi capitanía, después de no haberlo nominado en mi primera serie contra Brasil (NdR: triunfo 3-2 en Tecnópolis, en marzo de 2015), lo que generó mucho revuelo. En Pésaro sentí que concretamos todo lo que pregonamos desde antes de Brasil. Le había dicho en la cara a Mónaco que su presencia dependía de su nivel y no de quién estuviera en el equipo; me llevó un año y medio demostrarle con hechos que lo que le había dicho era verdad. Había mucha gente que decía que Juan Martín hablaba mucho pero que no iba a jugar. Y jugó. Ganarle a Italia de visitante, en polvo, con Fognini y con Seppi, era muy difícil y ganamos. En esa serie, si perdíamos, yo me iba tranquilo por haber cumplido con todo lo que dije que iba a hacer el día que asumí. Quería ganar la serie, obvio, pero bienvenido si Argentina tenía que perder en pos de cumplir nuestra idea. En esa serie concretamos todo. Había que seguir…

-La semifinal con Gran Bretaña…

-Los campeones, con Andy Murray y su hermano en el mejor nivel, con Daniel Evans y Kyle Edmund… En los papeles no había por dónde. Pero los jugadores habían reconocido en Pésaro que lo que nosotros dijimos del grupo era verdad. No quedaba más que confiar. En la parte deportiva fue la mejor serie de todo el proceso. Juan Martín jugó contra Murray el partido más largo de su carrera y uno de los mejores de la historia de Argentina en Copa Davis. Sabíamos que el domingo no podía jugar. El riesgo de que tuviera que abandonar era muy grande. Estábamos maniatados pero no te lo quería decir a vos ni dejar que lo viera el capitán inglés. ¿Cómo podíamos encubrirlo? “Del Potro está perfecto”. Y estaba roto. Lo metimos en el doble porque nuestra mejor pareja era Mayer-Del Potro. Lo hicimos entrenarse el domingo, pero fue todo parte de la misma jugada: el viernes a la noche ya sabíamos que el sábado jugaba roto y el domingo no jugaba. Hubo crítica porque la lógica decía que Del Potro descansara el sábado para cerrar el domingo. También era mi lógica, eh. Pero si vienen y te dicen “no lo tenés el domingo”, ¿cómo la dibujás? Escondimos las cartas. Mayer estaba en un nivel muy alto. Le preguntamos si estaba para definir si Pella perdía con Murray, que era recontra lógico, y nos dijo: “Si ustedes confían en mí yo estoy” (NdR: ganó el quinto punto contra Evans y selló el 3-2).

-¿Cómo estaba Del Potro en la final?

Fue la primera final en la que Juan Martín jugó los tres partidos. Para él canalizar la energía y la responsabilidad no era nada fácil. Cumplió con Karlovic, le ganó un partido molesto; en el doble lo vi contenido, para mí por esa energía; y contra Cilic le pasó algo similar. No dio todo lo que tenía en el inicio y Cilic, el seis del mundo, ya en el segundo set lo barrió. Necesitábamos un cambio drástico porque nos íbamos. Juan Martín lo percibió, alentado por nosotros y gracias a su corazón, y empezó a ganar agresividad. Eso no garantizaba nada pero cuando ganó el tercer set yo dije: “Podemos ganar o perder pero acá estamos”. Pudo haber perdido en cuatro o en cinco. Fue una hazaña deportiva.

-¿Cruzaste palabras ahí?

-Juan Martín es al que menos le hablé en los cambios de lado porque él necesitaba hermetismo. Estaba en la suya. Cuando perdió el segundo set 6-2 le dije: “Juan, pegale más fuerte que vos no la sabés tirar afuera. Tirale todo lo que tengas”. No hay nadie más lúcido para entenderlo. Si hablamos de táctica, cuando Cilic lo abría por derecha él sólo la metía, y ahí empezó a llegar y sacudir. Le quitó la iniciativa a Cilic y dejó de correr de atrás. Cuando Juan ganó el tercer set podía pasar cualquier cosa pero nosotros ya sabíamos que de Zagreb nos íbamos tranquilos. Para un capitán no hay mayor satisfacción.

-¿Qué momento te llegó más en lo emocional?

-Es interesante… Hice un trabajo interno para no caer en la efusividad. Cuando más fuerte me latió el pecho fue cuando Delbonis estaba dos sets a cero arriba en el quinto punto contra Karlovic y se caía la hinchada. Tenía ganas de sacarme la remera y revolearla con la gente pero mantuve la cabeza. Ese trabajo interno me censuró mucho. Autocensuré mi emoción. Ese fue el momento en el que más me costó contenerme. Nunca me emocioné. Quería demostrar que mi idea iba más allá del logro. ¿Sabés dónde largué la emoción por haber ganado la Davis? En San Juan, después de ganarle a Chile, en abril de 2018, recién ahí, un año y medio después. Nos íbamos de esa manera porque en el ambiente ya se sabía que nos íbamos. Antes de que empezara el quinto punto de Pella contra Garín les dije a Mariano Hood (subcapitán) y a Sebastián Gutiérrez (asistente técnico): “Disfruten porque es nuestro último partido”. (NdR: fue despedido poco después del triunfo electoral de Agustín Calleri, quien lo reemplazó con Gastón Gaudio).

Cuando Maradona quiso ir a ver la final en Zagreb

«Que fuera Diego atentaba contra la idea de que todo fuera igual. Le dije a nuestra coordinadora Vivi Gentile: “Avisale que estamos en otro hotel”. Te juro, de corazón te lo digo, que Dios lo tenga en la gloria a Diego, nuestro máximo héroe deportivo. Y me respondió: “Diego ya tiene reserva acá donde estamos nosotros”. Los jugadores lo querían ver pero Diego llegaba la noche previa a la final. Vivi le dijo que lo queríamos ver el viernes a la noche, después de los partidos. Después de los dos primeros partidos Diego fue a la sala de masajes, estuvo con los jugadores, yo llegué más tarde y me dijeron que había estado. El sábado, igual: después del doble yo también lo quería saludar. Con el 2-1 abajo fuimos a su habitación, Diego estaba con su novia tratando de sintonizar un programa del Napoli, que era todo de Maradona. Estuvimos 45 minutos con él: hablamos 40 minutos del Napoli y 5 de la Copa Davis. Yaca le regaló una raqueta y le dijo que le daba el número del kinesiólogo porque si jugaba con esa raqueta pesada se le iba a caer el brazo. Y ahí Diego preguntó cómo estaba Juan Martín: ‘Lo quiero ir a ver, lo quiero alentar, ¿a qué hora entrena?’. Le dijimos que entrenaba a las 11, y era a las 10, pero que estaba bien. Si había algo que Juan Martín no necesitaba era que lo alentaran; él se encierra en su burbuja, en su caparazón, y se siente más cómodo».

La génesis: el triunfo ante Brasil

«Ganarle a Brasil fue fundacional, fue el cimiento. Rompimos ciertos paradigmas de entrada, como haber dejado afuera a un referente como Mónaco. Queríamos empezar a mandar un mensaje que trascendiera la parte deportiva. Para eso necesitás a los jugadores y en ese 2015 encontré a Leo Mayer como pilar fundamental para difundir ese mensaje porque, por experiencia previa, él quería enfocar la Davis desde un lado más humano. Yo me froté las manos. Había un tipazo como Delbonis; lo hicimos debutar a Schwartzman, a quien ya le veíamos pasta; estaba Charly Berlocq como uno de los referentes. Algunos de ellos ofrecían mayor resistencia al mensaje y me parecía normal: yo no suelo exigirle a nadie. El desafío era mostrarlo a través del tiempo. Había tensión con Mónaco porque pensaba que conmigo no iba a jugar; había tensión con Berlocq porque no estaba Mónaco y Juan Martín venía a entrenarse con nosotros. Bienvenida la desconfianza: ojalá tenga tiempo para demostrar que esto es así. Podíamos haber perdido con Brasil y yo no estaba más, porque manda el resultado. Yo no creo en el mensaje sin ganar: hay que ganar para sumar convicción. Había que lanzar el mensaje: ya lo habíamos puesto en práctica con los más chicos en Desarrollo desde 2014. Con los mayores usábamos la misma bandera, el mismo slogan, hacíamos lo mismo con la Davis que con los chicos. Si perdés le das la chance de criticar al que está en desacuerdo; si ganás le impedís al malintencionado que hable. La serie con Brasil fue difícil porque algunos que se resistían al mensaje, no tuvieron un desempeño, y hubo que ganarla con baluartes del equipo como Mayer con el partido maratónico y el de Delbonis con Bellucci en dos días».

El presente de Del Potro tras la cuarta cirugía de rodilla

«Yo deseo su regreso. Hay mucha incertidumbre porque no tiene la certeza ni la seguridad de volver a los lugares en los que él está acostumbrado a estar. Cuando volvió de las operaciones de la muñeca llegó a su mejor ranking, el número tres. Si logra mantener la expectativa baja y disfrutar de lo que significa el proceso de la vuelta, si logra quitarse esa responsabilidad que siempre le pusieron y se puso, creo que tiene chances. Si piensa en volver para ser top 10 me parece que se le va a complicar. Es una opinión personal. Hablé con él cuando estuvo en el US Open, cuando peloteó con McEnroe y fue a avisar que todavía está vigente. Los jugadores como Juan Martín son tan competitivos que terminar un año número 30 o 40 probablemente no los llena. Si a mí me decís que Juan Martín va a jugar en 2022 y va a terminar 30 yo firmo. El tema es que no sé si él firma».

Pablo Amalfitano/Página 12

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