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Se reabre Bellas Artes con la muestra del artista argentino Carlos Alonso

Pintura y Memoria se nombró a la exposición que homenajea al artista nacional de 90 años.

Tiene 90 años. Los cumplió en febrero. Carlos Alonso vive en Unquillo, Córdoba, a metros de la Casa Museo de Lino Enea Spilimbergo, su maestro. En algún lugar de esa casa, recordó hace pocos días la primera vez que pudo mirar un Van Gogh: “Creo que es el pintor más conocido del mundo porque bajó temáticamente. Hizo lo que el pop art: pintó sus zapatos, pintó su cama, pintó su silla, pintó su pipa. Le abrió los ojos a cuanto pintor lo ha visto así, ha sentido lo mismo, ha sentido que era una pintura cercana, y que la podía hacer un hombre común”.

Mientras Alonso revisaba su carrera, en los salones del Museo Nacional de Bellas Artes 60 de sus obras estaban siendo localizadas para la muestra retrospectiva que se inaugura hoy y que podrá verse hasta julio. Pero debe saber, quien lee, que el recorrido tiene múltiples niveles de interpretación: porque es arte, pero es memoria, historia y pasado reciente. Tensiones que parecen anudarse en la vida y en el trabajo de este hombre, uno de los artistas más importantes del país.

La exhibición, curada por Florencia Galesio y Pablo De Monte, se detiene en 60 cuadros que componen dos series temáticas y técnicas. En todo caso, momentos de una vida dedicada a la pintura: Pintura y tradición, comprende los collages de la serie “Blanco y negro” y las telas que citan y rinden homenaje a sus maestros y a grandes artistas de la historia del arte, como las dedicadas a Lino Enea Spilimbergo y Vincent van Gogh.

La otra serie, “Realidad y memoria”, incluye las obras que reflexionan sobre la historia reciente, comprometidas con lo social y lo político, como las dedicadas a la muerte del Che Guevara. Además, la reconstrucción de la instalación Manos anónimas ocupa el espacio central de la exposición. Esa escalofriante instalación histórica llegó para quedarse: el artista la donó al Bellas Artes.

Así, en cada uno de esos paisajes, la Argentina aparece latiendo con sus conflictos y violencias, pero también aparecen la reflexión sobre el propio arte, sobre las influencias, sobre la política o la vida misma. “No puede pensarse la historia del último medio siglo de la Argentina sin la obra de Carlos Alonso. Es un hilo que la tensa, la denuncia, la interpela y la enmienda, a la vez que la sabe irreparable. Entre la alegoría y el realismo crudo, descalabrada por las violencias usuales, la producción del artista discurre por temas, formas y preguntas, con la sospecha de que la respuesta nunca cambiará. Y de que hay horror en ella”, dice el texto que introduce a la muestra, redactado por el director del museo, Andrés Duprat.

Aunque había nacido en Tunuyán, a los siete años Alonso se mudó con su familia a la capital de Mendoza y en la Universidad Nacional de Cuyo estudió Bellas Artes desde los 14. Ahí, sus maestros fueron Sergio Sergi en dibujo y grabado, Lorenzo Domínguez en escultura, Francisco Bernareggi y Ramón Gómez Cornet en pintura. Debe haber sido un alumno destacado porque se quedó con el primer premio en el Salón de Estudiantes de 1947 y seis años después sus trabajos llegaron a la Galería Viau de Buenos Aires. Con el dinero que obtuvo se fue a Europa, donde expuso en París y Madrid.

De esos primeros años vienen sus cuadros de la serie “Blanco y negro”. “Coincide con el momento en que yo un poco dejo de ser un estudiante de arte y empiezo a hacer mis primeras exposiciones, mis primeras búsquedas para sobrevivir también, porque mi padre muere en 1949, y queda mi madre viuda. La muestra nace de un segundo viaje a Santiago del Estero, donde había vivido un año y había quedado realmente tocado por la hambruna, por el abandono, por el descuido con que estaban los niños. Me conmovía verlo y me conmovía la injusticia que eso significaba”, dijo.

En 1957 ganó un concurso que convocaba la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha y Martín Fierro (1959). Con el tiempo, sus dibujos acompañarían otros clásicos: Romancero criollo, de León Benarós; la Divina Comedia, de Dante Alighieri; El juguete rabioso, de Roberto Arlt; Lección de anatomía, de Carlos Mathus, entre otras.

Sus cuadros colgaron de las paredes más prestigiosas del mundo del arte: en la Art Gallery International (Buenos Aires), donde, en 1967, presentó unos 250 trabajos referidos a Dante y a la Divina Comedia; el Museo Nacional de Bellas Artes de México, y el Museo de Arte de La Habana (Cuba), donde realizó una exposición de tapices y collages. En 1971 expuso en las galerías italianas Giulia de Roma y Eidos de Milán, además de en la Bedford Gallery de Londres.

Los años 70 fueron una pesadilla. También para Alonso. “La serie ‘Mal de amores’ mezcla esos discursos, como en la Argentina, cuando los políticos dicen que hay que hacer cirugía mayor, por ejemplo. La hice toda en Italia. Son técnicas mixtas y acá arranca un poco el tema del exilio”. Porque en Italia estaba exiliado. En esos años, además, compuso una serie desestabilizante: “El ganado y lo perdido”. La carne muerta cuelga entre los vivos que bailan tango o que exhiben su cuerpo desnudo.

Sabía lo que pasaba en la Argentina. “Nos tuvimos que ir porque recibimos una amenaza de bomba en la muestra. Pero hubo algo positivo: estaba en la calle Florida y fue la primera vez que fue a ver una muestra mía gente de los barrios.”

La desaparición de su hija Paloma, durante la dictadura, lo derrumbó. Y además, lo dejó mudo: no pintó más. “Estuve seis años paralizado. No había forma de arrancar. Pero se convirtió en pasado. Y al convertirse en pasado me animé, porque ahí estaba la memoria. Cuando salió el Nunca Más e hice la tapa del libro para la edición cordobesa, me pareció que tenía una herramienta para sumarme ya no a un partido sino a la lucha por los desaparecidos”, contó.

En 1990 le encargaron las pinturas para la cúpula del Teatro del Libertador General San Martín de Córdoba. Antes y después de eso, le entregaron tres veces el Premio Konex (1982, 1992 y en 2012 la Mención Especial a la Trayectoria).

“La obra de Carlos Alonso está atravesada por la violencia de nuestra historia reciente –invitan los curadores–. En ella, alude a esos años oscuros a través de imágenes que recuerdan un pasado ominoso”.

                 Clarín/Spot

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