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Mi Fortuna, de Don Olimpio, sobresale por la calidad de las composiciones

Con la dirección musical de Andrés Pilar y la voz de Nadia Larcher la banda despliega virtuosismo en su nuevo CD.

Don Olimpio, el grupo que dirige el pianista Andrés Pilar, acaba de editar un nuevo álbum, y ya desde la apertura, con La zafrera, de Tejada Gómez y Oscar Matus, y con esa figura de los vientos al unísono que no guarda ninguna relación con el mundo de la zamba, se advierte que no estamos frente a arreglos folcóricos demasiado idiosincráticos; ni desde el punto de vista instrumental, ni desde el rítmico-melódico. A veces, los arreglos de Andrés Pilar suenan no como formas complementarias de la línea principal, a cargo de la cantante catamarqueña Nadia Larcher, sino como estratos instrumentales y orquestales casi independientes. El estilo no remite a los giros edulcorados ni las terceras agregadas del folclore de fusión; tampoco a la música culta (por lo pronto, no hay instrumentos de arco, excepto un contrabajo).

Don Olimpio revela otro tipo de imaginación musical, que por otro lado no está exenta de cierto humor. Aunque todo está llevado con el arte suficiente como para que la voz de Nadia Larcher no quede ahogada. En esto hay también un cierto juego virtuosista. Larcher es una cantante excepcional, dueña de una voz de una amplitud y riqueza de matices poco común en la actual escena del folclore, y consigue salir perfectamente airosa de todos los sobresaltos orquestales a los que eventualmente la pueden someter sus compañeros.

El álbum recorre un atractivo repertorio, que incluye además tres piezas puramente instrumentales: el rasguido doble de El hornerito (Luján y Rojas), el chamamé Refugio de soñadores (Nini Flores) y una breve composición de Santiago Segret que funciona como un bello posludio o despedida. Entre las piezas cantadas, destaca especialmente una zamba de Pepe Núnez, Don Tula. Y podría decirse que destaca por tres motivos.

En primer lugar, por la calidad de la composición, que además de todo, tiene un tema muy curioso para el mundo “tierra adentro” y obsesivamente identitario del folclore: Don Tula es un campesino que añora el mar (Don Tula lleva en sus ojos/ un par de ausencias muy viejas/ y un gusto a sal que le dice/ que en el mar esta su siembra/ cuando una zamba le crece/ dos gaviotas se desvelan).

En segundo lugar, por la purísima y luminosa línea de Larcher.

Por último, por la dimensión casi metafórica del arreglo, que tiene su punto culminante en la transición entre la primera y la segunda parte de la zamba, con el bandoneón en primer plano, más unos detalles muy sutiles de la percusión, unas figuraciones “acuático-impresionistas” apenas audibles en el piano y unas pocas notas tenidas del clarinete bajo. Más que una transición de una parte a otra de la zamba, parece la transición de un mundo a otro, como si hubiera salido de un sueño del mismo Don Tula.

Federico Monjeau/Clarín

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