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La Forma de las Horas, de Paula de Luque, se estrena hoy en el Malba

Julieta Díaz y Jean Pierre Noher ocupan los papeles protagónicos del film.

La forma de las horas transcurre en un único espacio, pero en varios tiempos. Una pareja se encuentra un año después de haberse separado, pero ese encuentro podría ser vivido, imaginado o soñado. O todas esas cosas. Ella es escritora, y algunas referencias dan a pensar que lo que vemos está siendo escrito, reescrito a veces. Abundan las segundas versiones de escenas, con ligeras variantes de una a otra, y los regresos en el tiempo, con la protagonista viéndose a sí misma en el pasado. En una escena ella llega a dialogar consigo misma, desde la serenidad que dan el paso del tiempo, la cicatrización de las heridas, la distancia. El dolor es uno de los temas de La forma de las horas, nueva película de Paula de Luque (Juan y EvaNéstor Kirchner, la película). La revisión es otro. El tiempo, finalmente, tal vez sea EL tema secreto de la película.

Ana (Julieta Díaz) y Fernando (Jean Pierre Noher) se reencuentran en su hermoso chalet de ladrillos a la vista en medio de un bosque, que podría estar o no en la zona de Mar de las Pampas. Es el último día. El último día en la casa: al día siguiente, el empleado o empleada de la inmobiliaria le entregará las llaves a los nuevos dueños. Y el último día de ellos como pareja, según hacen pensar sus diálogos, el clima de melancolía y el hecho de que ambos tienen nuevas compañías. En ese último encuentro, Ana y Fernando recuerdan. Sobre todo ella, desde cuyo punto de vista está narrada la película. Todo pertenece a Ana: ella es quien compró la casa, ella la vendió, ella es la que recuerda, practica variaciones o escribe. Se ven sus textos en la pantalla de la notebook. Escribe una línea, borra, vuelve a escribir. Algo muy semejante a lo que hace con sus recuerdos. Con la diferencia de que éstos, en lugar de ser escritos tal vez la escriban a ella, se le impongan. De él no se sabe ni a qué se dedica.

Ana escribe sobre el tiempo, el Otro, la identidad, las dificultades para conocer, el modo en que huyen las cosas. La película trata básicamente sobre lo mismo, con una foto de juventud como icono de esa fuga del tiempo. Ana atraviesa la pérdida en forma seca, sin lágrimas. Sin drama, también: no hay peleas con Fernando. Ni siquiera discusiones. Otra foto indica que hay dos hijos. Se supone que son de ella. ¿De ella y de él? Aunque el tono grave haga pensar en Bergman (¿Escenas de la vida conyugal?), la falta de drama, los diálogos que enfocan más sobre recuerdos banales que sobre cuestiones esenciales, lo desdicen. La música compuesta por Leo Sujatovich, ejecutada por él mismo al frente de la Filarmónica de Buenos Aires, refuerza el aire de “cosa importante” del que se inviste la película, y que sólo alguna sonrisa de ella y alguna broma de él quiebran. Fragmentos aislados dejan ver a la bailarina Paula Robles bailando en medio del bosque. Ese baile debe querer decir algo. El crítico no sabe qué. La actuación de Jean Pierre Noher es correcta; Julieta Díaz, como de costumbre, expresa a su personaje con una variedad de matices que tal vez ni su creadora haya imaginado.

Estreno en cine Malba, viernes a las 20.15.

Horacio Bernades/Página 12

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