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La Balandra, dirigida por Alejandra Laurencich, otra víctima de la crisis

El combo inflación-recesión discontinuaron la salida de la publicación que llevaba 8 años.

El viaje por el paisaje inexplorado de la narrativa argentina –que empezó con la musicalidad de esa palabra que remite a una embarcación pequeña, de vela, con un solo palo– terminó. No se acaba porque ya no hay escritoras y escritores inéditos por descubrir; quién tendría la soberbia de creer que no hay nada oculto que necesita ser visibilizado. Como sucedió con muchos proyectos culturales que concluyeron en estos cuatro años, el final no es feliz. Una vez más la política económica del gobierno de Mauricio Macri, la combinación letal de inflación galopante y recesión, es la responsable principal del cierre de la revista literaria La Balandra, que durante ocho años dirigió la escritora Alejandra Laurencich, una publicación que hizo historia porque hasta su aparición casi nadie se animaba a explorar las entrañas de la creación literaria, cómo es el día a día del trabajo de los escritores, cómo se escribe un cuento o una novela, cuáles son los principales obstáculos y desafíos que enfrentan.

En La Balandra escribieron, fueron entrevistados o publicaron un texto inédito Elsa Drucaroff, Hebe Uhart, Carlos Gamerro, Guillermo Martínez, José María Brindisi, Liliana Heker, Gabriela Cabezón Cámara, Luisa Valenzuela, Luis Mey, Ignacio Molina, Hernán Ronsino, María Teresa Andruetto, Inés Garland, Perla Suez, Inés Fernández Moreno, Selva Almada, Romina Doval, Edgardo Scott, Ana María Shua, Martín Kohan, Claudia Piñeiro, Enzo Maqueira, y Fernanda García Lao, entre tantos otros. El cierre es por “cuestiones financieras”, según lo que le transmitió Carlos Costa, su responsable ejecutivo, a Laurencich: “que la revista no podía seguir saliendo a la calle porque no había fondos para sostenerla”. “No me caben dudas de que así es; aunque nunca me ocupé de los números ni de la distribución o venta, sino de generar el contenido y cuidar el estándar de calidad, no hay más que ver por ejemplo el papel o el trabajo de diseño que llevaba cada revista para comprender que la situación es así de lamentable y cierta con los aumentos que hubo –plantea la escritora a PáginaI12–. Si sumamos a esto la caída de las ventas en todo lo que es el ámbito editorial argentino, el combo fue determinante”. El primer número salió en noviembre de 2011, aunque en marzo de ese mismo año Laurencich había empezado a pensar cómo sería la publicación, qué línea editorial y secciones tendría. “No solo hubo que hacer y redactar una revista completa ese año, sino imponer su estilo entre los convocados a trabajar, elegir luego la estética, que para mí era fundamental, el diseño, la marca, la gráfica, el modo en que la nueva publicación se iba a dirigir a la gente, a los periodistas, el estilo en el que se pronunciaría y trataría de hacerse ver. Fue un año de trabajo arduo antes de salir a la calle. Y luego siete más, bien intensos, porque en cada número buscábamos superar al anterior”, agrega la escritora que en los últimos años trabajó en la edición de la revista junto a la escritora Fernanda García Curten.

El último número –sobre “El bloque literario”– salió en noviembre del año pasado. Los temas que abarcaron en la sección “Debates” fueron: “El escritor nace o se hace”; “Corregir o no corregir, una cuestión para el escritor”; “Imaginación o experiencia ¿qué ayuda más para escribir ficción?”; “Pagar por editar un libro”; “¿Escribir novela es más difícil que escribir cuentos?”; “¿De qué vive un escritor?”; “¿Existe la escritura femenina o masculina?”; “Concursos literarios ¿sirven para algo?”; “¿Poesía o verso? ¿Cómo reconocer la poesía de lo que no lo es?”; “¿Buenas críticas es igual a buenos libros?”; “Primer libro publicado ¿y después qué?”; “¿Cómo se logra el prestigio literario?”; “¿Existen los escritores fantasmas?”. Hubo secciones que fueron creciendo, como los “Dossiers de Literatura Extranjera”, dedicados a la narrativa eslovena, croata, mexicana, japonesa, venezolana, ecuatoriana, panameña, coreana y norteamericana.

–¿Cuáles te parece que fueron los principales aportes que hizo “La Balandra”? Quizá antes de la revista, ¿había cierta reticencia de los escritores para hablar sobre cómo es el trabajo de la escritura?

–Quizá no era reticencia, porque de hecho cuando desde La Balandra les empezamos a pedir a los autores o autoras que se explayaran en la descripción de su trabajo diario no tuvieron problemas en exponerlo en detalle, pero sí quizá antes de La Balandra había desinterés en esos temas. A pocas publicaciones les preocupaba analizar cómo elegir un editor, o cuál es el camino que hubo recorrido un autor o autora consagrado en sus primeros años, o si conviene o no corregir una ficción, o cómo hace un escritor para ganarse el pan de cada día, o qué trayectoria de lecturas tiene cada narrador o narradora. Acaso lo daban por sentado, o lo consideraban poco interesante, pero La Balandra buscó sacar esto a la luz, mostrar el proceso, divulgarlo. No sólo desde la sección “Nociones de oficio”, que se ocupaba de cada tema básico del oficio de narrar, sino también desde cada una de las otras secciones, por ejemplo: la traducción, temas que quizá antes de La Balandra no eran tan comunes de tratar, salvo en publicaciones específicas. La Balandra instaló la tarea del escritor y de todos los actores que acompañan a una publicación (librero/as, instituciones, lectores/as, traductores/as, editores/as) como el asunto más importante. Abrió la puerta a escritores de otras nacionalidades que aquí no habían llegado y le dio lugar a los narradores y narradoras noveles que –teniendo alto nivel literario– por diversas razones no tenían lugar en las publicaciones o suplementos literarios de la actualidad.

–¿Qué balance hacés de tu trabajo como directora?

–Creo que puedo darme por satisfecha: trabajé incansablemente, a veces incluso me iba a dormir y me despertaba para anotar una idea, una pregunta, una nueva sección que aparecía como posible, un cambio de título, alguien a quien entrevistar, tal como se trabaja un cuento o una novela, siempre buscando que la calidad de lo expuesto fuera óptima, que no hubiera amiguismos o cánones que interfirieran en la selección de los contenidos literarios, y eso era soportar a veces una presión muy grande, porque si algo o alguien se había puesto de moda o era elogiado pero a nosotros no nos parecía más importante que algún otro asunto o algún otro autor/a valioso que queríamos difundir, había que seguir la intuición y el ideal de ser fieles al compromiso asumido: la calidad literaria por sobre todo, la sinceridad, la apuesta por lo que creíamos. Mantener el timón con rumbo firme en medio de cualquier tormenta. Sé que hice todo lo que estuvo a mi alcance para lograr una revista que no fuera copia de ninguna otra, que se manejara con sus propias verdades y criterios, una revista que además dejara huella.

Silvina Friera/Página 12

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