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J. M. Coetzee cumplió 80 años, homenajes al notable escritor sudafricano

El escritor recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 2003.

Algunos libros no parecen tener la edad que tienen. Se los puede llamar clásicos. Publicados hace medio siglo o más, se siguen leyendo como el día de su aparición.

El escritor sudafricano J.M. Coetzee no aparenta los 80 años que cumplió el domingo y sus libros –los primeros ya tienen casi 50 años de publicados– se leen como si hubieran sido impresos hace unas horas. Cualquier lector que abra las páginas de Desgracia, Elizabeth Costello, Verano y La infancia de Jesús, comprobará que se trata de obras con un tiempo propio, dispuesto a reiniciarse.

El Premio Nobel de Literatura 2003 recibió homenajes en su país natal, en su país adoptivo (Australia) y en el Museo de Arte Moderno Louisiana de Dinamarca. Además, las Conversaciones Literarias Formentor, que se llevan a cabo en Pollensa, Mallorca, anunciaron que en septiembre Coetzee participará del encuentro, en el que será honrado por editores y académicos.

Son días en los que estará recordando, como contó en Infancia, a aquel amigo que le salvó la vida en un río. Lo revela en tercera persona, tomando distancia, como es costumbre en su escritura: “Desde aquel día en adelante, sabe que hay algo especial acerca de él. Debió haber muerto pero no sucedió. A pesar de su valor insuficiente, le fue otorgada una segunda vida. Estuvo muerto pero ahora está vivo”.

Una mirada retrospectiva invita a hacer números y repasar fechas. Nacido en 1940 en Ciudad del Cabo, Coetzee publicó su primera novela, Tierras de poniente, en 1974. Luego, quien de joven se desempeñó como programador informático publicaría una novela cada tres años, matemáticamente: en 1977, En el corazón de las tinieblas; en 1980, Esperando a los bárbaros; en 1983, Vida y época de Michael K., que obtuvo el Premio Booker; en 1986, Foe. Después se permitió un ritmo más distendido para un trabajo que en alguna parte calificó como “informes de experiencia íntima”: publicó La edad de hierro en 1990 y El maestro de Petersburgo en 1994. En 1997 inauguró su trilogía autobiográfica con Infancia, que continuaría con Juventud en 2002 y Verano en 2009.

1999 sería el año de Desgracia (Premio Booker) y 2003 el de Elizabeth Costello, obras centrales en su bibliografía que ratificaron que su literatura es dura, nada concesiva (y que, contra lo que podría pensarse, lo ha mantenido joven). Hombre lento (2005) y Diario de un mal año (2007) fueron libros de transición hacia su reciente trilogía, cuyas partes se publicaron cada tres años: La infancia de Jesús (2013), Los días de Jesús en la escuela (2016) y La muerte de Jesús (2019). En una carta a Paul Auster, incluida en su intercambio epistolar Aquí y ahora, Coetzee le confiesa: “Yo no sería el que soy sin Freud o Kafka, por no hablar de ese profeta judío aberrante que fue Jesús de Nazaret”. Esa alusión y los títulos del tríptico son más enigmáticos que lo que resulta finalmente la lectura: la potente fábula de un niño de parcial orfandad, en una región en la que se habla español (pueden hallarse ecos y retazos de una Argentina posible). En su obra tardía Coetzee aligera su ficción y arriesga, más que nunca, ocasiones de leve comedia.

Además de contrabandear su veta ensayística en sus ficciones (sobre todo en Elizabeth Costello y Diario de un mal año) Coetzee desarrolló en paralelo una apasionada actividad como crítico. Sus ensayos y artículos -entre los que se encuentran apreciaciones de Borges y Antonio Di Benedetto- se reunieron en los volúmenes Costas extrañas, Mecanismos internos, Cartas de navegación y Las manos de los maestros. Estos tres últimos fueron publicados en Argentina por El hilo de Ariadna, que a su vez editó -antes que en inglés- Tres cuentos.

Esta misma editorial, dirigida por Soledad Costantini, impulsó la Biblioteca Coetzee, con clásicos seleccionados y prologados por él, como Robert Musil, Nathaniel Hawthorne, Robert Walser y Samuel Beckett, entre otros. La editorial pertenece al Malba, en el cual el escritor se presentó en diversas oportunidades para entrevistas y lecturas públicas. Junto al museo y la UNSAM, el Programa Coetzee ha impulsado intercambios entre escritores de Australia, Sudáfrica y el Cono Sur.

Como lo demostró en Elizabeth Costello y Verano -novela en la que Coetzee se dio por muerto, presenta entrevistas imaginarias a mujeres que lo conocieron y se permitió ser implacable consigo mismo-, siempre buscó desplazarse del prestigio excesivo y la celebración desmesurada. El estilo de este hombre de acento suave, como susurrado, no es otra cosa que una astuta forma de pudor.

Su timidez y laconismo son genuinos, pero en estos tiempos el retraimiento de un escritor y su espíritu dócilmente huidizo se celebran con aplausos. Tal vez, para regalarse un momento de auténtica euforia preferiría volver al niño que, según revela en Infancia, se quedaba pedaleando solo, en los crepúsculos de verano, cuando a sus amigos del barrio ya los habían llamado sus madres, montado a su bicicleta “como un rey”.

Matías Serra Bradford/Clarín

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