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Festival de Berlín: el Forum del Cine Joven entregó dos muy buenas producciones

Una Juventud Rusa es el primer largo de Alexander Zolotukhin, un discípulo de Aleksandr Sokúrov.

La palabra “tradición” suele asociarse a un concepto reaccionario, a aquello que se estanca y cristaliza en el tiempo. Pero cuando el cine contemporáneo es capaz de construir un nuevo discurso basado en una tradición, en un conjunto de textos o imágenes transmitido de generación en generación y a los que les da un sentido distinto, consigue crear obras maestras. Es el caso de dos films presentados en esta edición del Forum del Cine Joven de la Berlinale, la sección más radical del festival: Heimat ist ein Raum aus Zeit (La patria es un espacio en el tiempo), del documentalista alemán Thomas Heise; y Malchik russkiy (Una juventud rusa), opera prima de Alexander Zolotukhin, un nombre a seguir, sin duda.

Para los cinéfilos porteños, Heise no es precisamente un desconocido. O no debería serlo. Allá por 2006, el DocBuenosAires le dedicó su primera retrospectiva, que luego amplió en 2011 la Sala Leopoldo Lugones, con catorce films, siempre con el impulso del Goethe-Institut. Nacido en 1955 en Berlín oriental, cuando el Muro dividía las dos Alemanias, Heise se formó como cineasta en la ex RDA y es autor de los primeros y mejores retratos de los skinheads, cuando esos adolescentes neonazis no sabían siquiera quiénes eran o por qué hacían lo que hacían. Algunos de sus trabajos, como Vokspolizei (1985), sobre el estado policíaco de la Alemania Democrática, no lograron pasar la censura hasta la caída del Muro, y su consagración llegó con Material (2009), que le valió el premio mayor en el FIDMarseille, el festival de cine documental más exigente del circuito internacional.

Si esa película, íntegramente construida a partir de sus propias imágenes de archivo, era sobre Alemania como una idea, o como un pedazo de Historia, tan concreto como un fragmento del Muro del que entonces se cumplían dos décadas de su caída, ahora cuando se están por recordar 30 años de ese momento histórico, Heise –sin ánimo celebratorio alguno– decide retrotraer mucho más atrás su mirada y remonta un siglo de la historia de su país a través de la de su propia familia.

Ni uno solo de los muchos textos que se escuchan en La patria es un espacio en el tiempo ha sido escrito por él especialmente para el film, pero Heise se los apropia no sólo porque es él quien toma la responsabilidad de leerlos con una voz tan neutra como serena sino también porque se trata de cartas y manuscritos que se remontan a sus padres y abuelos, y también documentos oficiales y privados –de todos los regímenes que atravesó Alemania durante el siglo XX– en los que se mencionan sus nombres. Hay allí desde declaraciones de amor de unos jóvenes ingenuos a comienzos de los años ‘20 hasta los audios de los debates intelectuales sobre Brecht entre sus padres y el gran dramaturgo Heiner Müller, pasando por la lista de deportaciones de judíos en las que aparece su familia.

¿Y las imágenes? ¿Cómo se construye un film esencialmente epistolar? En Los soñados (2016), la gran directora austríaca Ruth Beckermann recuperaba la arrolladora historia de amor prohibido entre Ingeborg Bachmann y Paul Celan con dos actores leyendo sus cartas en un estudio de grabación. Aquí Heise apela por momentos a los documentos mismos, a las cartas escritas con impecable pluma tinta, o a las listas de deportados, unos 22 minutos de páginas prolijamente mecanografiadas que en su casi infinita sucesión consiguen un efecto abrumador, un documento sobre la Shoah como ningún otro film que no sea el de Claude Lanzmann había logrado antes.

En las casi cuatro horas de duración del film no hay imágenes de archivos ni noticieros. Aquí no hay nada que ilustrar, a la manera de la televisión. Como el arqueólogo cinematográfico que es, Heise trabaja rigurosamente con los materiales que hacen a la esencia de su historia, que es la de todo un país. Y su país es, todavía, la RDA: esa es su “Heimat”, esa palabra alemana tan difícil de traducir a cualquier otro idioma y que significa a la vez patria, hogar, lugar de pertenencia, o un “espacio en el tiempo” como lo define el mismo título de la película. Y ese espacio en el tiempo que filma Heise es Alemania oriental tal como el director la ve hoy, a casi treinta años de su desaparición: como un problema, un paisaje desolador, destruido y abandonado, al que el blanco y negro de sus imágenes no hace sino revelar una indecible melancolía.

A diferencia de Heise, el ruso Alexander Zolotukhin, nacido en 1988, es un director debutante. Pero para Una juventud rusa, su deslumbrante opera prima, se nutre de lo mejor de la genealogía cinematográfica de su país. La asume, la hace propia y a partir de esa riquísima herencia levanta un film tan singular como portentoso, a la altura de su ambición, que no es poca.

Por el contrario, la anécdota es mínima. Durante la Primera Guerra Mundial, un jovencísimo recluta ruso, tierno e ingenuo, pierde la vista durante el primer ataque alemán con el terrible gas mostaza. Sus superiores deciden enviarlo a la retaguardia, pero el muchacho –con una energía que recuerda a la del protagonista de Balada de un soldado (1959), de Grigori Chujrái– se resiste a volver a su casa inválido y derrotado y consigue que le asignen una tarea para la que está apto: escuchar y detectar la llegada de aviones enemigos.

Con ese simple punto de partida, Zolotukhin consigue un film de una rara belleza, que jamás idealiza la guerra o estetiza la violencia, pero sin embargo es capaz de encontrar poesía en su protagonista, un poco a la manera en que lo hacía el joven Andrei Tarkovski en su opera prima, La infancia de Iván (1962). El sofisticado tratamiento visual que Zolotukhin le da a la materialidad de los cuerpos y los rostros de los soldados parece provenir en cambio de la serie de “Elegías” de Aleksandr Sokúrov, que fue su maestro en su escuela de cine y que ahora es su productor, a través de los estudios Lenfilm, de San Petersburgo.

Una juventud rusa tiene a su vez una particularidad: el relato propiamente dicho está intercalado –se podría decir incluso “intervenido”–por el registro documental de los ensayos de dos composiciones de Serguei Rachmaninoff, su potente concierto para piano de 1909 y sus Danzas sinfónicas, de los cuales se ven algunas imágenes y se escuchan fragmentos, tanto de las obras en sí como de los preparativos de los músicos y el director de orquesta. Lejos de distraer, ese diálogo que Zolotukhin establece entre ambos planos eleva a la película a un estadio superior y trae a la memoria el famoso Alexander Nevski (1938), donde Serguei Eisenstein trabajó codo a codo con el compositor Sergei Prokofiev, al punto de que algunas escenas del film fueron inspiradas por su música. Algo similar parece suceder en Una juventud rusa, una película que de la tradición hace vanguardia.

Luciano Monteagudo/Página 12

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