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El Tano Coviello, con la Típica Andariega, el Sexteto Andiamo y discos nuevos

Luigi Coviello dirige las dos formaciones que publicaron sus nuevas creaciones.

El Tano Coviello no necesita pasaporte para confirmar su italianidad. Tampoco necesita decir que se llama Luigi, aunque a veces tiene que aclarar que no tiene nada que ver con el bandoneonista homónimo, más allá de que ambos se dedican al tango. Pero lo suyo es el contrabajo y la dirección de orquesta. Dirige la Típica Andariega, que cumplirá una década en agosto, y el Sexteto Andiamo. La primera acaba de sacar su segundo disco, Avanti, y el grupo más reducido su debut, Gira gira.

Su historia es como la de muchos turistas que llegaron a Buenos Aires y se quedaron por el tango. Sólo que él llegó sin conocer más que a Piazzolla y de un día para el otro de 2006 marcó larga distancia: “Mamá, me compré un contrabajo, me voy a quedar un tiempito”. Sigue aquí, aunque sus dos grupos lo llevan de gira por las milongas de Europa.

“Tocaba jazz y quería ver qué onda la escena jazzera de Buenos Aires”, recuerda. “Acá unos amigos me dijeron de ir a ver el Museo de Carlos Gardel. ‘¿Quién?’ La verdad es que yo no lo conocía, pero no por un disrepecto al tango, sino porque al italiano promedio hay mucho tango que no le llega, ¡y es el cantor!” Decididos a cubrir sus baches tangueros, los amigos hicieron lo que cualquier buen compinche en un caso así: se lo llevaron de caravana.

“Primero escuché al Cuarteto Cattenaccio en el Centro Cultural San Martín, donde tocaba Dipi Kvitko. ¡Nunca había visto un bandoneón de cerca!”, confiesa. El auténtico impacto llegó más tarde esa misma noche, cuando la gira siguió por una milonga que organizaba la escuela Goñi. “Ese día tocaba la Orquesta Típica Ciudad Baigón, era una noche con un clima muy mágico y de repente aparecen doce músicos: cuatro bandoneones, la fila de violines… y yo me quedé muy, muy impactado, sobre todo por el contrabajo”.

En Italia, jazz mediante, alternaba con guitarra y trompeta. “El tango me hizo dejar todos los demás y enfocarme en el contrabajo porque en un punto tenía que solucionar el camino rápido y enfocarme, no había tiempo para ninguna otra cosa”, comenta. ¿Por qué el contrabajo? “Quedé impactado sobre todo con la forma en que se tocaba, que nunca había visto. Venía de tocarlo con los dedos, siempre pizzicatto, y el arco en todo caso se usaba para un efecto, un ligado de vez en cuando. En el jazz, muchos contrabajistas ni tienen arco; aquí se mueve de forma casi circular… ¡y le pegan! Mezcla habilidades y recursos de la música clásica con una forma de tocar muy única”, explica.

Al terminar el recital, preguntó dónde comprar un instrumento. Lo hizo a la mañana siguiente e inmediatamente se puso a buscar un grupo. “Era difícil por no conocer el género, pero finalmente me aceptaron en Percal Tango y ahí aprendí un montón. Estaba Nacho Cabello, que era arreglador de Melingo, por ejemplo”. Siguieron clases de contrabajo con Juan Pablo Navarro, y de arreglo y dirección con Julián Peralta. “Mi berretín, si se puede decir, es que dije ‘Ah, yo quiero MI orquesta’. ¿Y qué me decía la gente, eh? ‘Es-tás-lo-co’”. Se ríe y protesta: “¡Yo no estaba loco!”. En esa época, memora, no era tan frecuente que las orquestas argentinas se fueran de gira. La primera de su típica fue recién en 2012 y este año encararán su décimo viaje.

“La ventaja de la escena argentina es que hay lugares aún donde el tango es concebido como algo para escuchar; en Europa eso es muy raro, sólo excepciones vinculadas a la world music”, señala. “Acá la escena es fértil, pasan muchas cosas, pero encontrar una típica estable con tres bandoneones en Europa… creo que no hay. Acá hay muchas. El lugar donde la nueva música se compone, donde hay arreglos nuevos, donde están los maestros, es acá”, plantea. La otra diferencia sustancial se mide, claro, en billetes. “Allá la posibilidad económica también es más elevada y se puede pedir un cachet no comparable con el de Buenos Aires, perque se arma un gran evento, acá vas a tocar y es hermoso, pero todos estamos acostumbrados a bailar con una orquesta”.

Aunque es fácil entender el impacto emocional e intelectual que puede generar en un músico (o en cualquier melómano sensible) estar frente a una orquesta típica a todo máquina, la pregunta natural es por qué no se volvió a Italia a resolver sus ansias orquestales de un festival al otro del Viejo Continente. “Le encontré algo de pertenencia a la música, en su melodía, su armonía y la forma en que se canta”, reflexiona. “El hecho de que se baila, de eso tengo la imagine del pueblo chiquitito al que voy al mar, con las mesas alrededor y la gente bailando en el centro, y algo con la melodía que me recuerda a la canzonetta, me dio un dejo de casa, de pertenencia”. En el jazz, confiesa, no encontraba ningún lazo con su cultura. “El tango era una música con la que me sentía en casa siendo un italiano en Buenos Aires”.

Andrés Valenzuela/Página 12

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