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El Martillo Volador, el libro de Jennifer Dahlgren, casi una autobiografía

Dahlgren relató una ficción sobre su experiencia personal.

Las heridas del alma lastiman a más no poder y hay que trabajar para que el tiempo ayude a cicatrizarlas. Al contar sus padecimientos por el bullying que sufrió en la adolescencia, Jennifer Dahlgren se convirtió en un ejemplo para jóvenes que piden auxilio a gritos. Y en una cruda charla con Clarín abrió su intimidad de cuajo.

-¿Qué llegaste a sufrir en los peores años en los que tocaste fondo?

-En el secundario un chico me ahorcó como una broma. Me prendieron fuego un zapato. Me medían la espalda con una regla. Dibujaron una heladera de dos puertas en el pizarrón. Eran burlas paulatinas y me marca- ron muchísimo. Tardé años, años y años en superarlo. En una época me alcanzaba con decirme: “No seré linda, pero por lo menos mi cuerpo me permite destacarme con el lanzamiento del martillo”. Fue mi primera Curita en la herida, porque encontré amigos en la pista de atletismo, donde me destacaba por el mismo cuerpo que en el colegio me hacía padecer.

-¿Te persiguen aquellos recuerdos o ya son cosa del pasado?

-Cuando hablo con los chicos en las charlas que doy en los colegios, recuerdo cosas que había bloqueado. Hubo un momento en mi adolescencia cuando pensé: “Si me mato, dejaría una nota diciendo: ‘Me mato por tal, tal y tal que me hicieron esto’”.

-¿Llegaste a pensar en eso?

-Creo que lo pensé, pero no hubiese actuado. De grande me asusté cuando lo recordaba. Era un reflejo de mi soledad y de mi frustración ante esa situación que no tenía fin en el colegio. Lo pensé como una venganza sobre el otro más que como algo que realmente hubiera hecho. Me sentía arrinconada. De grande recién tomé dimensión de lo triste que fue haber llegado a ese punto: sentirme tan falta de recursos y lejos de una salida más sana. Agradezco que no existían las redes sociales, porque hoy el tormento para los chicos no termina en el colegio: sigue en los grupos de WhatsApp, en los memes, en los virales. Lo viven todo el tiempo. Hay una epidemia de suicidios en nuestro país y hay que ayudar a los chicos.

-La serie “13 Reasons Why” sirvió para blanquear la problemática del suicidio adolescente y fue aprovechada para charlar en los colegios.

-Esa serie u otras películas son herramientas que pueden ser un puente para hablar. Siempre supe que mis papás estaban para hablar de todo, pero eso no significaba que yo tuviera la madurez emocional para acercarme a ellos y decirles lo que me pasaba. El bullying te genera mucha impotencia, vergüenza, aislamiento… Nunca hablé de esto hasta los 30 años y son cosas heavies.

-Al haberte expuesto públicamente, te convertiste en un puente y en un espejo, porque si “a la famosa también le pasa y le costó superarlo”, los chicos ven el tema desde otra perspectiva. ¿Te costó demasiado sacarte de encima el trauma?

-El cambio grande en lo personal fue con las fotos del “Body Issue” en ESPN Magazine. Si quería ser el ejemplo que yo no tuve, el desnudo en esa plataforma fue ideal. Lo hice en un momento emocional en mi vida y en mi carrera. Fue un click muy grande en mi confianza y me llevó a empezar a hablar de estas cosas. Siento que todo el mundo debe saber mi historia. Se arman lindos debates en las charlas y siempre se me acerca alguien que encontró coraje en mis palabras. Los chicos tienen preguntas súper interesantes.

-¿Por ejemplo?

-Un día me preguntaron: “¿Qué le dirías hoy a la Jennifer que sufría bullying a los 15 años?”. Me dejaron helada. O me preguntaban si me había reencontrado con los que me hicieron bullying por mi cuerpo y si los había perdonado. Sí, me los volví a cruzar, pero nunca me dijeron nada. Es difícil perdonarlos porque no me hablaron. Yo lo solté después de padecerlo. Ellos se quedaron con aquella historia.

-¿Qué te impulsó a comenzar con las charlas con adolescentes?

-Que no sufran. Suelo ir a charlar con alumnos de séptimo grado y primer y segundo años del secundario. Es una edad clave en la que empiezan a ser más conscientes y a elegir qué tipo de persona quieren ser. Son años súper difíciles y todos quieren ser aceptados. Yo no quería destacarme en nada. Quería ser igual a los demás, pero mi físico no me lo permitía. Encima yo venía de afuera y no hablaba bien español. Había muchas cosas que me marcaban como distinta en el colegio y la verdad es que lo sufrí.

-¿Qué notás que generás cada vez que contás tu historia?

-Yo simplemente cuento cómo superé lo que viví y lo que significó para mi autoestima. Eso es fuerte para los chicos y les permite empezar a hablar desde un otro. La clave es dialogar sobre lo que nos pasa. A veces es difícil. Yo necesitaba un puente porque me sentía aislada y avergonzada con las cosas que me estaban diciendo y que me estaban pasando. Me era imposible salir. Una docente me dijo: “¿Te das cuenta de que con tus charlas y tu libro te convertiste en un puente para los chicos?” Casi me pongo a llorar en el medio de la charla. Fue muy fuerte. Pero es muy lindo escucharlo.

-El arte te dio la oportunidad de expresarlo en el cuento “El martillo volador”. ¿Cómo viviste esa liberación a través de la literatura?

-Es medio loco a veces cómo empezamos algo y después se abre un camino sin esperarlo. Yo estudié Literatura en la Universidad de Georgia, pero nunca tuve la idea de ser escritora. El tiempo me llevó a pensar en un cuento de una chica que pasaba por situaciones parecidas a las mías: la dificultad de sentirse diferente, pero al mismo tiempo ser consciente de que esa diferencia nos puede llevar a ser extraordinarios. Así nació “El martillo volador”. Como coincidió con el boom mediático de la exposición del bullying en los colegios, sin querer me encontré en esta posición muy fuerte y muy grata. Todo el tiempo me encuentro con chicos que me dicen: “El bullying siempre existió”. Lo que debe quedar claro es que no tiene por qué seguir existiendo.

-¿Contar tu caso te hizo más feliz?

-Me hizo más plena. Ahora puedo hablar de ciertas cosas y combatir ese tabú que sostiene que los deportistas no podemos tener problemas de confianza ni de autoestima.

-Pero cada tanto revivís el trauma, como cuando te grabaste contando entre lágrimas cómo no podías conseguir un vestido de tu talla para asistir a la gala del G20.

-Ese video lo compartí con vergüenza al llorar y generó una repercusión inmensa. No sé si mi autoestima va a estar 100 por ciento sana el resto de mi vida, pero hoy soy mucho más consciente de las cosas. Ojalá que pueda pararme frente al mundo con el 100 por ciento de confianza en quien soy y que no me moleste más otra opinión que la mía. Pero es un camino muy difícil. La relación que tenemos con nosotros mismos es la más importante de la vida. Mi relación fue manoseada. Por el bullying me sentía avergonzada y aislada, pero empecé a sanar y hoy me amo.

-Si bien es un plano totalmente distinto al personal, ¿sentís que sufrís una especie de bullying mediático cuando no se valora tu trayectoria plagada de logros y se hace hincapié sólo en los resultados negativos?

-Mi charla se basa en el valor real del esfuerzo. Sin el sacrificio, la medalla no vale nada. Y cuando la medalla no está, no significa que el sacrificio no haya valido. Somos una sociedad bastante exitista y eso se replica. Los atletas sentimos las repercusiones negativas. Nos duelen. El deportista es el primero que quiere que le vaya bien. A los atletas argentinos nos gustaría tener un apoyo continuo y que nos haga sentir humanos. Que por un mal resultado la prensa no nos corte la cabeza o nos quiten la beca.

-Quizás debieran explicitarlo más a través de las redes sociales.

-Los argentinos somos extremistas y entonces un día un deportista es un ídolo y otro día es un “pecho frío”. Mirá lo que le hicimos a Messi. Y a Manu lo acusaron de traidor cuando no jugó el Mundial. ¿Piensan que esas cosas no nos llegan? Claro que nos llegan. Y si encima me etiquetás para que nos lleguen los comentarios negativos, los voy a leer. Ya de por sí, en un resultado nos jugamos nuestros sueños, nuestras becas y el tiempo. Y ahora estamos con el qué dirán en la prensa y en las redes sociales. Es un peso fuerte.

-¿Se puede juzgar el proceso de un atleta si quien critica no planificó jamás el camino hacia una meta?

-A veces pienso que si vos me querés criticar tendrías que haber estado ahí. Tendrías que haberlo sufrido. Si no sabés los detalles de la vida del otro, no podés juzgarlo ni elevarlo al status de ídolo cuando no corresponde.

                                      Hernán Sartori/Clarín

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