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Doctor Sueño, más alineada con Stephen King que El Resplandor

La película tiene el protagónico de Ewan McGregor, de buena performance.

Unos tres cuartos de hora le lleva a Doctor Sueño dejar de lado un estilo narrativo que, por querer desplegar en cuestión de minutos distintos tiempos, espacios, personajes y circunstancias, se hace entrecortado, disperso y confuso. Cuando finalmente halla sus coordenadas de tiempo (la actualidad), espacio (una pequeña localidad en el centro de los Estados Unidos) y acción (la lucha entre dos bandos de superdotados psíquicos), en la restante hora y 45 la película se encarrila, se concentra y puede ser que no sea lo más sugerente o delicado del mundo, pero sí resulta clara, eficaz y progresivamente comprometedora (en el sentido de generar un compromiso por parte del espectador). Hasta que todo lleva hasta el abandonado Hotel Overlook, donde el héroe deberá afrontar sus peores fantasmas, los más hondos y arraigados.

El héroe de Doctor Sueño es Danny Torrance, también llamado Doc (duplicación sintomática de la proliferación inicial), aquel chiquito que en El resplandor recorría los pasillos del hotel en triciclo, encontrando en ellos cosas raras. De hecho, Doctor Sueño –basada en la secuela homónima de aquella novela, escrita por Stephen King un lustro atrás– empieza así. La alfombra, los recorridos circulares, las dos mellizas al fondo y la famosa habitación 237, que permanece vedada. Todo eso, que parece metraje del film original, fue refilmado sin embargo ahora, con un chico parecido como protagonista. Hay un fragmento en Miami con Danny y la mamá y después un salto a la actualidad, cuando el Danny adulto (un impávido Ewan McGregor, como siempre) no se presenta en las mejores condiciones. Barba crecida, aspecto de homeless, pocos dólares en la billetera, compañeras sexuales que vomitan en la cama, propensión heredada al alcohol, indefinición vocacional e hipersensibilidad psíquica, que le hace recordar algunas de las experiencias más shockeantes de su infancia en el hotel. Esa hipersensibilidad es el famoso “resplandor”.

En paralelo el relato sigue a un grupo de nómades de look y hábitos medio setentosos. Se autodenominan El Nudo Verdadero (¿?), los acaudilla una mujer bella y temible que responde al seudónimo de Rose El Sombrero (Rebecca Ferguson, poderosa), tienen poderes a distancia y se alimentan de niños, aspirando el vapor que éstos expelen durante la agonía. Ese vapor sirve a los miembros de El Nudo como alimento y también, por lo visto, como fuente de excitación sexual. Una tercera línea, finalmente, halla en una niña llamada Abra (la excelente debutante Kyliegh Curran) a una dotada de temer. Tanto, que logra bloquear a distancia las peores intenciones de Rose. Cuando Danny deja de lado sus inservibles (dramáticamente) concurrencia a Alcohólicos Anónimos y trabajo con enfermos terminales, se contacta con Abra (llamada así, se supone, por “cadabra”), se alían y se anuncia una batalla de colosos de la mente, que recuerda un poco al enfrentamiento final de los dos magos en El cuervo (Roger Corman, 1963) y otro poco a alguna entrega de X-Men. Ya se sabe que el estilo King se basa en lo material, lo directo, el golpe de efecto y, a veces, la caricatura.

Jugada al susto y el golpe de efecto (hay mucho “¡shruk!”, “chan chan” y “¡blum!”), Doctor Sueño no se parece mucho a El resplandor de Kubrick (quizás un poco más a la versión televisiva de 1997), pero tampoco a la serie The Haunting of Hill House, que Mike Flanagan –guionista y director de Doctor Sueño— filmó el año pasado para Netflix (se incluye, a pesar de eso, la mención de Netflix como uno de los males del mundo contemporáneo). Combinando con eficacia lo realista y lo sobrenatural, la serie trabaja resueltamente las secuelas psíquicas y anímicas que el paso por una casa fantasma dejó en cinco hermanos. Doctor Sueño (lindo título, dicho sea de paso) toma el tema en la figura del traumatizado Danny, pero con la clase de funcionalidad narrativa que Hollywood suele aplicar en estos casos. El fragmento más fuerte de Doctor Sueño (en términos dramáticos, no físicos) es ése del regreso a Overlook, donde los fantasmas son bien visibles y palpables, pero también ancestrales y, sobre todo, peligrosamente familiares.

Horacio Bernades/Página 12

 

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