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Cannes: se presentó Rocketman, la sincera autobiografía de Elton John

Elton John y Taron Egerton, quien lo interpreta en el film, tocaron juntos en el Hotel Carlton.

Qué fuerte debe ser para cualquiera verse en una pantalla del tamaño de la del Theatre Lumière, y no sólo sentir los aplausos cuando quien lo interpreta en el filme canta uno de sus hits. Se llame Elton John o quien fuera, las vibraciones, las sensaciones que se vivieron en Cannes cuando terminó Rocketman difícilmente encuentren parangón, hasta en la vida del autor de Sacrifice (que no está incluida). Que con la ovación final se mostraba muy emocionado.

Elton John llegó con sus anteojos en forma de corazón. De cabello impecable, en la espalda del saco, por si hiciera falta, tenía bordado enorme el título del filme que en la Argentina se estrena el 31 de mayo.

Le brillaban los aritos y, contrariando el protocolo del Festival, no llevaba moño, sí un cohete rojo brillante en la solapa. En plena alfombra roja, Taron Egerton, quien lo interpreta en el filme, se agacha y le ata los cordones de los zapatos.

De allí, todos partieron en autos negros fuertemente custodiados a una cena en el Hotel Carlton, a pocas cuadras, y sobre la Croisette. Y después, sí, a disfrutar de la fiesta en la carpa de la playa de Carlton, donde Elton John y Taron Egerton compartieron un escenario, con piano incluido, y actuaron para los invitados selectos.

La película es para nada indulgente con el músico. A diferencia de lo que se vio en Bohemian Rhapsody, aquí Elton John, quien figura como productor ejecutivo, por lo que es una biografía autorizada, y arranca la película con todo. Taron Egerton, el actor de Kingsman -muy parecido a Gastón Pauls-, es muy parecido, aparece vestido con el traje de plumas naranja y el casco con cuernos, irrumpe en una sala. Se suma a una ronda de adictos. “Soy adicto al alcohol. Soy adicto a las drogas. Soy adicto a la cocaína. Soy adicto al sexo”, dice.

Lo que sigue es un cruce como de musical de Broadway en el que las letras de las canciones forman parte de la vida del protagonista, con mucho vuelo -genial la escena en la que debuta en Los Angeles y él y los espectadores empiezan a levitar-.

Está la infancia, con el desprecio de su padre, la poca atención de su madre y la adoración de su abuela, cómo cambió de ser Reggie Dwight a su nombre artístico (el John es por Lennon), la relación con el letrista Bernie Taupin (Jamie Bell, que ya no es el niño de “Billy Elliot”).

El director Dexter Fletcher ( Volando alto) imprime ritmo constante, sea con números musicales o saltando de una desavenencia de Elton con su pareja y manager a su consumo desmesurado de droga.

La película tiene todo para ser un éxito, y mantiene en parte la estructura de Bohemian…, pero parece mucho más sincera y cercana al autor de Club at the End of the Street.

La pareja de Sorry We Missed You, que sí compite por la Palma de Oro, es de las que en su casita alquilada tiene la tabla de planchar en el dormitorio, detrás de la puerta. De los que se sientan a la mesa y hablan y se ríen y no usan los celulares. Los que comparten más que la comida.

El inglés Ken Loach ya ganó la Palma en dos oportunidades, y si la segunda vez lo hizo con su anterior película, Yo, Daniel Blake, no cabe duda de que con Sorry, We Missed You podría repetir tamaño honor.

El cine de Loach es un cine social. El director de Pan y rosas se siente muy cómodo retratando la vida de ciudadanos comunes que sufren los embates de la modernidad, el capitalismo y, en especial, la falta de trabajo. La solidaridad suele ser el bálsamo que derrama sobre sus personajes para que lo que les acontece no resulte tan arduo de tragar.

Pero es muy difícil que uno salga de la sala sin un nudo en la garganta.

Sorry We Missed You trata a primera vista sobre Ricky (Kris Hitchen), quien consigue un trabajo en una compañía que hace entregas puerta a puerta. Pero las reglas del empleo, le explican su capataz antes de comenzar, implica sentirse una suerte de cuentapropista que trabaja por sí mismo. Le pagan, sí, pero si falta un día y no consigue reemplazo, debe abona 100 libras. Si se rompe o pierde el aparato que le dan para escanear la mercadería, lo debe reponer por su cuenta. Y si no lleva su propia camioneta, le cobran un alquiler leonino.

Así, Ricky habla con Abby, su esposa (Debbie Honeywood: acertaron, no es actriz, sino que pertenece a la clase trabajadora y no artística), quien trabaja cuidando y limpiando ancianos y discapacitados motrices, y la convence: ella venderá su auto y viajará en buses para que él pueda usar las mil libras y salir a hacer las entregas. Ambos trabajan seis días a la semana, unas catorce horas por jornada. Decíamos que a primera vista la película trata sobre las contingencias y los infortunios de la clase trabajadora en la Inglaterra actual. Pero Ricky y Abby tienen dos hijos, la pequeña Liza y el adolescente Sebastian, quien los meterá en problemas una y otra vez.

Loach también es un viejo zorro, y los hace llorar, no a manantiales, pero sabe cómo exprimir a sus personajes para que la desesperación, cuando no la humillación, los tome por el cuello y parezca que los deja sin salida. Sí, Loach es un abonado a Cannes, pero al menos es de los que no defrauda.

                          Pablo Scholz/Clarín

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