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A 40 años de The Wall, la obra cumbre de Pink Floyd

El icónico disco de la historia del rock apareció luego de otra gran creación de la banda, El Lado Oscuro de la Luna.

El pibe se dejó llevar por el contexto –2002, cancha de Vélez, Roger Waters estaba tocando por primera vez en la Argentina y unos relámpagos sellaban el carácter mágico del encuentro—y prendió un porro con la tranquilidad de que no encontraría jamás un escenario más adecuado para fumar. Sin embargo, casi inmediatamente, un coro de plateístas le exigió que lo apagara. El pibe les hizo caso, pero antes les dedicó una frase memorable: “¡Caretas, Pink Floyd hizo The Wall por gente como ustedes!”

Se cumplieron 40 años de la salida de The Wall. La anécdota del pibe y sus censores cannabicos, en cambio, deberá esperar un par de temporadas para cumplir veinte años. Ambos hechos, aunque obviamente asimétricos en su importancia, descubren las diferentes huellas culturales que fue dejando el más famoso disco de Pink Floyd (no el mejor, territorio en disputa, a juicio de este cronista, entre The Dark Side Of The Moon y Wish You Were Here)

The Wall fue, para muchos, un disco de iniciación: un mazazo para abrir la cabeza a la realidad de la vida. Para otros funcionó a modo de ópera farsesca, que le devolvía al mundo una mueca de amargura autoindulgente . El gran mérito de The Wall, capaz de elevarse de su condición de clásico a la categoría de “tendencia permanente” fue haberle dado a cada cual según sus necesidades. Logró conciliar el entusiasmo de hippies coloridos y darks nihilistas, idealistas y cínicos, lúmpenes y yuppies.

El propio Roger Waters, autor intelectual y material del disco, debió adaptarse a la ambivalencia avasallante de su criatura: esa “pared” que había concebido como una barrera entre su paranoia de súper estrella y la voracidad de su público, adquirió de pronto resonancias más amplias, incluso contradictorias entre sí; lo cierto es que aquella primitiva autopercepción de megalomanía fascista derivó –según quién la escuche– en un desesperado grito de libertad.

El disco significó, también, el canto del cisne que determinó el triunfo –pírrico– de Roger Waters sobre David Gilmour. Ese frágil equilibrio que había guiado la carrera de la banda se rompió definitivamente y el resultado fue un éxito absoluto. Pero –para muchos– ya no fue Pink floyd. Para otros, Pink Floyd Es The Wall. Hasta entonces, la antinomia creativa de los dos líderes de Floyd (mientras Gilmour buscaba anestesiar a sus oyentes con registros climáticos que los condujeran a otra frecuencia anímica, Waters pretendía activar la conciencia crítica, “despertar” a sus fans a través de canciones que denunciaban a una sociedad sumisa y mecanizada) había alcanzado la síntesis perfecta en The dark side of the moon. En The Wall, Waters asumió el control absoluto del arte y de la ideología del grupo. El monumentalismo barroco reemplazó al viaje musical lisérgico, pero el “efecto droga” se mantuvo.

De todos modos, como señaló Gilmour en una entrevista a la revista Musician: “sé que muchas personas lo consideran el primer álbum solista de Roger Waters, pero no lo es. Roger no habría podido hacerlo él solo. Ha tenido tres oportunidades de hacer discos en solitario, y tú mismo puedes juzgar la diferencia”. En rigor, Waters descartó al tecladista Rick Wright y al baterista Nick Mason y le otorgó a Gilmour la facultad de trabajar los esbozos de sus canciones (en principio tildadas por Gilmour de “inescuchables”) con el buen gusto interpretativo que siempre lo caracterizó. El guitarrista compuso además la más triste y hermosa canción del disco: “Comfortably Numb”, un descarte de su disco David Gilmour .

Pero a ese “Pink Floyd solista” también aportaron: el productor canadiense Bob Ezrin (Roger había quedado muy impactado por su trabajo en otro hermoso álbum conceptual y depresivo: Berlín, de Lou Reed), quien le dio al disco la sintonía fina de su narrativa; los recargados arreglos de Michael Kamen; el hallazgo del ingeniero Nick Griffiths, que fue a buscar a los niños de cuarto grado del colegio que estaba a la vuelta de los estudios para que grabaran el estribillo de lo que hasta allí era una canción tonta: “Anothe brick in the wall” (no hay registros fílmicos de la cara del maestro de los chicos cuando escuchó por primera vez el coro infantil repitiendo “We don’t need no education”, pero sería digno de verse); también el trabajo del ilustrador Gerald Scarfe, que compartía con Waters una visión pesadillesca del mundo, colaboró para la futura lectura icónica de The Wall.

La película de Alan Parker se encargó del resto. Una película fallida en lo formal y al mismo tiempo inolvidable, de esas que marcan a fuego la personalidad adolescente. El disco no envejeció del todo bien porque ya era viejo cuando nació, en plena new wave. Sin embargo, hay algo del orden de lo emocional que se reactiva cuando se vuelve a escuchar “Is There Anybody Out There?”, “Bring the Boys Back Home”, “Mother” o “The Trial”. La sensación, quizás, de que sucesivas y periódicas reconstrucciones vuelven mostrar las paredes que se creían derribadas hace tiempo.

Fernando D´Addario/Página 12

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